About work, time, money and consumption: A manifesto against abundance and in favor of sufficiency
Por: Andrea Zuñiga Delgado
Artista Plástica| Universidad de Caldas | archipielagoindefinido@gmail.com
Figura 1. Andrea Zúñiga. 2022. Sobre el trabajo, el tiempo, el dinero y el consumo: un manifiesto en contra de la abundancia y a favor de la suficiencia. [Autopublicación]. Cortesía de la artista
Escrito el 13 de agosto de 2022, en la sede pedagógica natural del Validadero Artístico Internacional.
Conjuro un horizonte distinto al infértil paisaje en llamas que nos impuso crecimiento ilimitado en cuerpos finitos.
Invoco la fuerza necesaria para defender mi tiempo como si de ello dependiera mi vida, porque de ello depende.
Dibujo senderos alternos, atajos, desvíos, para evadir las pretensiones de éxito y progreso que me devastan a mí, a otros seres, a la tierra que somos.
Bosquejo un itinerario desde el reposo pero también desde la complejidad de nuestra especie sensible, inquieta, vulnerable.
Desafío las leyes implacables del hacerlo bien y el hacerlo todo. Abrazo el acuerdo imprescindible de hacer lo que puedo y hacerlo con otrxs.
Usaré mi fantasía cuando la realidad haga imposible mi existencia. Usaré mi ingenio para ocultarme de la Hidra que todo lo vende, hasta la ilusión de libertad.
Renunciaré sin miedo a mis sueños si son una visión lejana que me priva de vivir en tranquilidad; si mis sueños me atormentan quizá son pesadillas.
Dudaré de los caminos que sólo sirven a mi propia satisfacción y bienestar: somos radicalmente interdependientes, si pierdo esa claridad lo pierdo todo.
Me aferro a la comprensión inequívoca de que mi vida no se divide en “tiempo de trabajo” y “tiempo libre”. Huiré del tiempo binario, buscaré el tiempo complejo.
Requiero tiempo para trabajar y ser remunerada, también para cuidar y ser cuidada, para alimentarme, bailar, hacer un jardín, para vivir el dolor, el fracaso, la enfermedad y la muerte.
Abrigaré las horas desordenadas y los calendarios caóticos, aun si ello rompe dolorosamente mi ficción de identidad.
Me entenderé en relación con otrxs: necesitamos colectivizar, organizarnos, participar, cooperar.
Asumiré mis coordenadas racializadas, colonizadas, de clase, género, edad, territorio, genealogía. Tomaré mi lugar de enunciación.
Tendré presente que mi atención es traducida a modelos de consumo que pueden ir al gran abismo de la acumulación global.
Seré valiente para confrontar la imaginación nublada frente a lo que debe darle sentido a mi camino.
Invocaré los sentidos múltiples que surgen más allá de nosotrxs mismxs, sentidos enraizados en el vivir juntxs.
Figura 2-9. Andrea Zúñiga. 2022. Sobre el trabajo, el tiempo, el dinero y el consumo: un manifiesto en contra de la abundancia y a favor de la suficiencia. [Autopublicación]. Cortesía de la artista
Estudiante Maestría en Artes | Universidad de Caldas |yury.2621719007@ucaldas.edu.co
Figura 1. Kumanday. Desde el mirador de San Martín Herveo Tolima. Fuente: Yury Alexandra Aguirre Corrales
La presencia de Mnemosyne en el juego mitográfico de mi existir, instala en el tiempo presente fragmentos de un pasado preciado, viaja por caminos anchos y extensos habitados por las añoranzas de una niña sin su padre. Aquí inicia el viaje de sanación, a través de la memoria y sus múltiples soportes. Empiezo entonces la senda por mi propia existencia, que lleva a la búsqueda de las experiencias personales y familiares que marcan de forma indeleble mi existir.
Recuerdo esta época como si fuera ayer. Ver el gran jardín colgando del balcón, las texturas, los colores, los aromas, las majestuosas cascadas que brotaban de la tierra cuando llovía. Ver a mi padre acercarse a mí para envolverme en una ruana finamente confeccionada con lana de ovejo. Perseguir los saltamontes para quitarles la cola, dibujar en el cielo con el algodón blanco de las nubes mientras navegaba en un mar verde césped. Crear carreteras con una camioneta roja sujetada de un cordón, dar vueltas y vueltas en mi motocicleta. Abrir los brazos para un abrazo de mamá, la música de mi hermana colgando de un radio negro que programaba moviendo la antena. El calor del fogón de las tardes heladas en la “tierra fría” como le llamaban los abuelos. Cosechar papas en el jardín y llevarle la cosecha a mi madre. Comer arepas en la tarde acostada en el sofá, mientras miraba por la ventana y tomaba tetero de aguapanela con leche. Escuchar las historias de mi padre y pedirle que me contara nuevamente de Policarpa. La vida entre la casa, el jardín, la familia y las nubes.
Figura 2. El Balcón. Vereda la Alejandría Herveo-Tolima. Fuente: Archivo familia Aguirre Corrales
Me gusta habitar el tiempo en presencia de documentos, archivos personales y familiares. Me interesa dialogar extensamente con las personas de la comunidad sobre su pasado, la relación con lo histórico, lo cual, me lleva a lo que para Para Le Goff sería “la materia prima de los historiadores”. Quizás sin darme cuenta he estado jugando a ser historiadora a recolectar fragmentos de mi propio pasado. Diseñando las preguntas exactas para las tías, encontrando las fuentes que me lleven escudriñar su pasado y por qué este es tan arraigado y sentido, como si las entrañas se quisieran salir cada vez que evocamos las experiencias vividas y compartidas, la forma en que habitaron su vereda, la relación con la montaña, con sus padres y en especial con ellas mismas. La mayoría del tiempo experimento emociones de tristeza y frustración al saber el contexto trágico y doloroso al que estaban sometidas. Debo aclarar que las encuentro más conversadoras de lo que fue mi padre. El cual, la mayoría de tiempo fue un enigma, pues, siempre se paseaba con su figura corpulenta y reservada, concentrado en su trabajo inagotable. Esta costumbre de trabajo del campo, es una respuesta a las tradiciones campesinas heredadas de los procesos de colonización de vertientes de la región antioqueña colombiana, desde finales de la Colonia y lo que llamaría James J. Parsons ocupación de la zona de tierras libres, personas pujantes y trabajadoras que sin duda enriquecieron el famoso “mito paisa”, este pasado antecede a mi familia.
Mi familia fue quien con esfuerzo tumbó el monte en la tierra fría para fabricar sus propias casas. Cuentan las tías que el abuelo Julio, desbarató su casa en la finca y la trasladó hasta Herveo. Armaba, desarmaba y reconstruía las casas de Tabla parada, ese era su trabajo, el cual acompañaba siempre de café y cigarrillos. Fueron trabajadores sin descanso: recuerdo salir con mi padre desde las cinco y media de la mañana a la preparación del ordeño antes de ir a la escuela. Sin duda, sus trabajos junto con los de mi madre no cesaban hasta que llegaba la noche. Fuimos herederos de costumbres serviles, un lugar común de las anteriores generaciones. Estas memorias son manifestadas y recreadas a partir de creencias, mitos y ritos.
Este es un pasado melancólico que no quiero olvidar, que a pesar de los años intento conservar por medio de la escritura, de las imágenes y de los objetos. Recordar mi lugar en ese paisaje verde y gris neblinoso, un intento de eterno retorno. La pérdida de mi padre me ha permitido hacer preguntas, cuestionamientos y vivir la memoria de formas distintas. Me intereso en la relación de los otros con ella, en los lugares que compartimos sin darnos cuenta. Los tejidos que se van creando de forma silenciosa, los cuales terminan por colectivizarla. Habilitarla implica regresar a los lugares, los aromas, los sonidos y los objetos, sentirlos y vivir a través de ellos.
El pensadero
Dentro de las experiencias de retorno al pasado, tengo algunos escritos sobre aquel hueco inmenso en mi pecho que dejó la pérdida trágica de mi padre, y sobre esos lugares y objetos que marcaron mi niñez. Estos textos los escribí en mi diario, en unas cápsulas del tiempo que llamo El pensadero:
Querer no olvidar la casa
“Aquí sentada en mi sofá, siento como llueve y como se levanta la cortina con un leve viento frío acompañada del sonido del laúd, mi casa en Herveo. La habitación de mi padre: una cama de madera antigua, con pequeños barrotes, tendida de una base roja y sobre ella un pavo real, al lado, la pequeña habitación forrada de un papel azul con flores pequeñas, ahí una marca para ganado, alcohol con alacrán, botas de cuero viejas, botas de caucho, unas sandalias sin usar, las mismas que le obsequié cuando fui a Cartagena por primera vez. Me asomo a la ventana y veo cómo baja la lluvia, cargada de barro desde el parque ¡Se siente el frío! Voy a su cama y me envuelvo en una cobija que traje de mi habitación, es una cobija pequeña, la de la infancia, color rosa.
De la cama cuelga un radio y una linterna pequeña. Me dispongo a ver HBO, nuevamente una película de Harry Potter, y si, las “Reliquias de la muerte”. Veo como se levantan las cortinas blancas por el viento frío y me dispongo a cerrar la ventana, siempre que las cierro sueño que estoy en otra época; en ese instante observo caballos pasar arriados por sus amos, los perros en manada detrás de alguna perra y yo cierro las dos alas de la ventana y en ellas dos mini ventanitas.
Me voy a la cama nuevamente, concentrada en la muerte de Albus Dumbledore y mi padre entra de la tienda, como siempre sin avisar y me incomoda un poco, viste una camisa azul claro, jeans y botas cafés -va para el baño-. Me dispongo a ir a la cocina a prepararle el algo, paso por el gran armario, el cual nos ha acompañado desde su matrimonio con mi madre. Sobre el armario: trofeos de tejo, una coca roja con medicamentos, sus lociones y algunas cosas olvidadas. En ese caminar paso por la sala donde hay un bife justo después de la puerta de mi habitación, allí se encuentran las fotos de la graduación de mi hermana; también las fotos de mi sobrina y las nuestras el día en que cumplí quince años.
Al frente está la lavadora, la cual ya sabe usar mi padre, pues luego de la separación con mi madre tuvo que aprender los quehaceres domésticos. Justo en la mitad del bife y la lavadora existen unas escaleras y una puerta que da a un pequeño patio donde solo cabe el lavadero y el tanque. Pero tiene una gran vista a los amaneceres, justo a las 5:30 de la mañana sabe posarse el alba, echa fuego. Sobre la lavadora unas láminas precolombinas de mi viaje a San Agustín y Tierradentro. Luego los grandes ventanales de vidrio, mi adoración en esa casa, elegantes muy elegantes y bellos, cubiertos por tres cortinas verdes, los muebles color rosa obsequio de bodas de mis padres, un cajón de color barniz claro donde está el televisor negro, el dvd, un espacio vacío donde puse hace unos días el tv pequeño donde veíamos las novelas en la finca, en sus gavetas los álbumes de familia, agendas, cartas de mis amigas en un sobre de regalo verde brillante. En medio de él dos matas grandes de hojas verdes y justo al frente el comedor con un mantel rojo y sillas rojas.
A la izquierda la cocina, al lado derecho un lavadero con dos llaves, la estufa en un cajón rojo de metal y luego un gran mesón, con dos compartimentos al aire libre y los dos siguientes sellados con un pequeño cuartón de madera los cuales giran para cerrar. Sobre el mesón hay una alacena de barniz oscuro. Al fondo una puerta que da al baño, una pequeña sala y dos habitaciones, una muy pequeña pues fue adaptada justo luego de crearse esta casa inferior, antes era un zaguán por donde entraban los caballos al patio. El baño muy antiguo y lleno de moscos, nunca pude erradicarlos.
Finalmente, mi habitación, dos camas, una pequeña, la mía, camita hecha por mi abuelo y una base donde siempre duerme mi hermana y mi sobrina cuando vienen de paseo. Aquí solo hay una ventana grande, sin tribunas, luce una cortina blanca, un armario café adherido a la pared, allí en un lado los sacos y camisas de mi padre, junto con cobijas, sabanas y trapillos de limpiar. Al otro lado mis libros, cuadernos viejos y mi ropa, un pequeño cuadro rosa con la foto de mi hermana muy aseñorada, algunas barbies de frozen de la sobrina, del año que descubrió quien era el niño dios, un espejo pequeño en un cuadro de osito”
Figura 3. Casa familiar Herveo – Tolima. Sistema construcción bahareque y Tabla Parada. Fuente: Archivo familia Aguirre
Viajes oníricos
“Anoche despertaste en mi sueño, caminaste de regreso a casa y nos abrigaste con tu loco sentido del humor. Observe cómo ocupabas nuevamente tu rol en la tienda. Pude ver cómo entraba un pequeño rayo de luz y sonido por una hendija, estabas abajo escuchando música y muy feliz. Arriba mi madre estaba en la habitación de nosotras y yo observaba desde la escalera a mi hermana caminar con el álbum de familia hacia allá.
¡Estaba fascinada con el efecto del sueño!
Fui a donde ellas, mi hermana abrió el álbum, retiró una foto, esta tenía movimiento.
Era yo con un vestido de jean, quizás tenía uno o dos años, vi el amor de mi hermana por mí, sonreía.
En la foto estaba cantando en la montaña, le cantaba a mi padre. Luego corría a un gran árbol donde estaba mi madre y me subía a sus ramas. Este árbol colgaba del cielo con unas ramas muy anchas y fuertes, de color gris con una gran cantidad de musgo.
Mi madre estaba sentada y yo parada sobre dos ramas haciendo mover el árbol, reía y cantaba; lo sentí real. Tenía emociones que solo sentía cuando vivía en casa con mis padres, como si estuviera recordando desde allí.
Cuando estaba culminando mi sueño, emití una frase a mi padre cómo si estuviera escribiendo una carta en la que decía: Duerme por siempre, mi amor”
Figura 4. Don Ricardo ordeñando. Vereda la Lejandria Herveo-Tolima. Fuente: Archivo familia Aguirre.
Figura 5. Convite con vista al Kumanday. Fuente: Archivo familia Aguirre
¿Dónde reposan las grietas de la memoria?
Figura 6. Taller Imágenes como impresiones del tiempo: de la memoria al documento y de ahí al archivo. Fuente: Sara Gómez
Todo esto son solo piezas de búsquedas que se han hecho permanentes, lugares de la memoria que conducen a múltiples imágenes y cuestionamientos. Para mi fortuna, no camino en soledad, desde el año 2018 he podido participar en un colectivo de encuentros y desencuentros llamadoCiudad Impresa-Proyecto de Imagen y Fotografía Documental, iniciativa de interacción social de la ciudad de Manizales Caldas que ha dejado que sea en esencia lo que he deseado ser en calma y en pausa. Una búsqueda constante entre el polvo de los archivos privados como los álbumes y diarios personales, documentos y objetos que finalmente son compartidos con otras personas a través de gigantografías y talleres expuestos para que sean reinterpretados y habitados en múltiples formatos, capas sobre capas de narrativas individuales y colectivas. Habitarnos a partir de las imágenes de archivo, por medio de ejercicios prácticos que permitan acercarnos a la memoria. Comprendiendo que la imagen que tenemos de nuestro territorio, define nuestra forma de crear y visibilizar estas narrativas con comunidades. Las memorias de mi padre, de mi casa, son solo un fragmento agrietado de una superficie profunda y dispersa. Cada integrante del colectivo sigue, en esencia, un viaje propio, siendo esto tan solo una parte de la vida de una integrante del colectivo, que lleva en el corazón a la comunidad de Herveo Tolima, municipio abrazado por el volcán Tulaymá y el nevado Kumanday. Cada uno de los participantes se reconoce a partir de la acción e interacción con las imágenes, los objetos, los archivos y los lugares propios, los cuales posibilitan el viaje narrativo permitiendo ritualizar, motivar e intencionar individual y colectivamente la memoria.
Figura 7. Proceso de montaje Barrio Solferino Manizales -Caldas 2019. Fuente: Cristian Andrés Aristizábal
Figura 8. Proceso de montaje Barrio Solferino Manizales -Caldas 2019. Fuente: Juan Diego Arango
Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas | diego.12012736@ucaldas.edu.co
Figura 1. Quintero, D. (2022). Sin Título [Fotografía]. Manizales. Fotografía cortesía del artista.
Mis tenis rotos no aguantan un paso más, los he obligado a perderse junto a mí por las frías y oscuras calles de cualquier ciudad, callejones en donde el cemento se convierte en monte cuando cae la noche. Bajo el resguardo de Ramón Puntilla y Juanito Alimaña, he sobrevivido en una jungla donde las ratas son autorizadas por cerdos a portar cabras, y yo soy una simple liebre. Llegué a pensar que todo lo que hacía dentro de esta jungla podía llamarlo arte, pero no es así, es mucho más que eso. Cuando entré en el mundo del crimen, poco o nada sabía de él, y no es que ahora lo entienda, pues tengo más preguntas que cuando empecé: la duda ha inundado mi mirada y entendí que la oscuridad que yo habitaba no era solamente física.
Comencé a recibir respuestas claras cuando dejé que el silencio respondiera por mí; abandoné las verdades absolutas y empecé a cuestionar todo, incluso lo que creía incuestionable. Ya no estoy seguro si el graffiti es arte; finalmente, estaría bastante contento de que no lo sea.
Después de 7 años pintando en la calle, comprendo que el graffiti, el verdadero graffiti, es egoísta, pura satisfacción estética.
No se aprende en ninguna academia.
No se vende ni se subasta.
El graffiti no trae fama más que la de una pequeña subcultura.
El graffiti no tiene reglas técnicas.
El graffiti es anónimo.
El graffiti es ilegal.
El graffiti no conoce bandos políticos ni religiosos.
El graffiti no es clasista, no discrimina estratos socioeconómicos.
Nadie es dueño del graffiti, ni siquiera su autor.
El graffiti es una ofrenda al crimen.
Si los muralistas le dan valor al entorno urbano, nosotros lo robamos.
El graffiti es sinónimo de abandono y comportamiento antisocial, un recordatorio constante de que la sociedad es frágil e incontrolable.
Desde siempre nos hemos encontrado en la impetuosa necesidad de marcar lugares que visitamos, esto no es algo propio del graffiti. El neandertal pintaba su cotidianidad en las paredes de las cuevas, los romanos acostumbraban a escribir frases de todo tipo en los muros y columnas de la ciudad, los marineros y piratas, al pisar tierra, solían marcar sus iniciales sobre piedras y árboles; hemos resignificado el término para hacerlo nuestro. El graffiti ya no es todo aquello que pintas sobre un muro al exterior.
Es entre Philadelphia y Nueva York en los años 70 donde nace el graffiti. Jóvenes de barrios marginales comienzan a esparcir sus apodos en medio de rejas, muros y vagones del tren. A lo largo de los años, varios escritores han practicado fielmente este quehacer, pero son pocos los que se han dispuesto a contar su historia. Quizás sea bajo la premisa de que el graffiti es efímero y no merece ser recordado, o tal vez hemos vivido tan al margen de la sociedad que no nos sentimos parte de la historia.
Es aquí donde creo pertinente el uso del arte, usar las dinámicas artísticas como una forma de contar, desde el privilegio, la realidad que se vive en las calles. Y no, no planeo llevar las letras sucias y callejeras al cubo blanco para que doña Elvira y sus amigas, rociadas de su perfume Christian Dior, se sientan en la posición moral de criticar la calle que no conocen. No le puedo ser desleal al graffiti, que todo me ha dado. Por eso, mi arte va dirigido a una pequeña parte de la sociedad olvidada: el ladrón, el indigente, el drogadicto, el callejero, el barrista… Pero no voy a vender el ideal que tanto tiempo el graffiti ha construido desde las sombras: el arte solo será un medio para contar la historia a mis hermanos de la calle. Si el arte es mi condena, haré que toda la pena valga.
Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas | laura.11917284@ucaldas.edu.co
Ilustraciones: Duván Andrés Sánchez García*
Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas|duvan.11911294@ucaldas.edu.co
*Duván Sánchez realiza una contribución a la presente publicación con distintas ilustraciones del cuento escrito por Laura Castiblanco.
Recién había traspasado la puerta, de manos del cartero, aquella misiva. El día se había oscurecido. Comenzó de repente, con nubes aparecidas en el firmamento, un tremendo aguacero jamás visto en verano, durante los calurosos días de agosto. Ante tal fenómeno los pajes corrieron a cerrar los enormes ventanales, aunque no pudieron impedir la entrada del violento torrencial. Con las cortinas empapadas, el suelo encharcado y el ruido atroz del trueno, se vio reluciente la blancura de la carta, depositada sobre la mesa de centro de la sala a la espera de la lectura de su destinatario.
No menguaba la tormenta y el rey caminaba de un lado a otro en su recámara, con la inquietud de quien se estremece ante tan extraño fenómeno. Bajó, pues, las escaleras, iluminadas de forma intermitente por relámpagos de rayos que adivinó muy cercanos. Encontró, abajo, a todos alborotados, secando el piso, recogiendo tapetes y cortinas empapadas, tratando de ordenar todo cuanto el viento feroz había echado por el piso. Sin embargo, entre tal caos, el silencioso sobre sellado llamó su atención. Se acercó despacio, con una extraña inquietud que le brotaba de las entrañas y le hacía olvidar la perturbada estancia donde estaba; comprobó, en un rápido vistazo, que sólo aquel papel permanecía imperturbable, sin una gota de agua, en medio del recinto empapado. Intuyó entonces de qué se trataba la misiva y sintió un estremecimiento, como quien espera lo peor. La tomó en sus manos, oyó amainarse el viento, dejó de escuchar truenos y, al parecer, afuera todo se calmaba lentamente, más un escalofrío recorrió su cuerpo y sintió rugir en su alma la tormenta que recién arrebataba el verano: tocar aquel papel le causó un temblor de pies a cabeza que no pudo explicar, de modo que pronto se sentó en el sofá.
Poniéndose los lentes abrió el sobre, que aún no dejaba conocer quién se dignaba a escribirle. Desdobló la carta y con sólo la fugaz contemplación de la caligrafía, temblorosa y decidida, firme y desesperada, su cuerpo se descompensó. Lo que descubrió fue un sencillo papel con sólo medio folio escrito y supo, de un vistazo, que quien escribía lo hacía a gran velocidad y no había podido terminar el texto; el papel estaba ondulado por haberse mojado y se había corrido la tinta.
Sus manos estaban heladas y temblaban, necesitó apretar los párpados, respirar hondo y darse unos segundos para reponerse. Se percató entonces, con la oscuridad de sus párpados, de la calidez que de nuevo se respiraba en el ambiente. Ya no llovía. Abrió los ojos; el sol, tras los vidrios aún cerrados, evaporaba el agua que había caído sobre la tierra caliente. Pensó que aquello no era coincidencia, que la carta pedía ser leída con urgencia y que sólo él lo podía hacer, a pesar de que le estuviera costando a su cuerpo el sólo hecho de mirarla.
Con un hondo suspiro volvió sobre las letras. Vio a los caracteres moverse de un lado a otro; tomó con una mano su asiento mientras con la otra sostenía con fuerza el papel, preguntándose si acaso temblaba. Aunque el vértigo le atacaba con violencia, una vez puestos sus ojos en la primera línea no pudo apartarlos:
Muy apreciado rey nuestro:
Haciendo honor a la verdad no puedo más que dar por ciertas las acusaciones que se ciernen sobre el ya tan conocido nuevo reo. Cuento con pocos recursos para narrar lo sucedido, careciendo de papel, tinta y palabras para plasmarlo aquí. Ha de saber que estuve en aquella terrible muerte: le vi gritar desesperado, mientras la pequeña se escondía de su feroz mirada; le vi estirar su enjuiciadora mano contra la temblorosa criatura, le vi maltratar su delicado cuerpo y corazón con tanta más furia cuanto mayor fue la convulsión que causó en la niña.
No le bastaron todos los sufrimientos que ya le había causado, las recriminaciones injustas, los castigos que ya tenían a la niña al borde de la locura, incapaz de pronunciar palabra, buscando escondite en cuanto rincón encontraba, llorando en silencio, sin comer. En los huesos la encontró, cuando en un ataque, no sé si de enajenación, ira o paranoia, le provocó la violenta convulsión que la llevara a la tumba.
A ella le vi rogar clemencia, obedecer silente, cumplir todos sus caprichos y confiar en su palabra como ley; mientras a él le vi culparle frente al pueblo de cada nuevo desvarío que se le ocurría.
Juzgará su excelencia el actuar en adelante y ha de saber que, si ella tuvo que sufrir el ser arrancada de la vida recién comenzaba a vivirla y él ha de sentir el desarraigo de la cómoda impunidad, no menos se rasga mi corazón que tanto ama a ambos, el escribir estas líneas que la verdad me dicta.
Su majestad sabrá perdonar la inoportuna llegada de mis letras y la falta de detalles, pues no hallo palabras para describir la escena terrible que hube de contemplar. Sabrá disculparme si mis manos no responden más y si mi mente se rehúsa a recordar más detalles. A su juicio apelo, como siempre lo hemos hecho, pues no necesita mi nombre para saber quién derrama sus lágrimas sobre este frágil papel pues le confieso ser la testigo que más cercana a aquel hom…
No hubiera ya podido leer más, si acaso la carta no hubiera sido evidentemente interrumpida, no hubiera quedado inacabada para siempre. Su temblor en las manos le impedía ya fijarse en las letras, que se revolvían entre sí. Sintió cómo el mundo se revolcaba bajo él y sus ojos asustados se fijaron en las paredes que se mecían de un lado a otro, sin moverse nada.
Todo seguía normal, pero en su ser la tormenta había sido instalada con esa última palabra inacabada. Cerró sus ojos para intentar reponerse del vértigo y el terror sentido y secarse la transpiración que empapaba sus cabellos. Su corazón aún palpitaba con fuerza y, respirando lento, pudo volver en sí. Intentó pensar entonces frente a lo que se encontraba: una carta firmada por lágrimas de amor. Supo, pues, que no tenía remedio, que su justicia le pedía lo inimaginable. No había más salida, de modo que dio por tomada la decisión entre aquel bárbaro vértigo que sólo entonces cesó. Denunciaban aquellas letras la oscuridad de un ser tan amado por quien redactaba la carta, como por su lector, unidos ambos por la obligación de denunciar la verdad.
Ēbēra Wērā (Territorio ancestral San Lorenzo, Colombia)
Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas | sofia.ganan10143@ucaldas.edu.co
Figura 1. Gañán, Sofia. (2020). Territorio Ancestral indígena San Lorenzo [Fotografía].
“Creemos que la certeza de existir como pueblos, dentro de unas décadas, depende de la alianza que podamos hacer con aquellos que nos comprendan con el corazón” (Green, 1998, p.6)
Preparar el corazón para observar, sentir, hablar, escuchar, hacer, defender y resistir. Hoy escribo desde las abuelas, las parteras, las sabias y las naciones que habitan en mí. Les escribo desde la inquietud constante que corre por mi sangre y palpita en mis manos, las cuales ofrendan cada palabra a quienes fueron, son y serán. Pero, sobre todo, les escribo desde el corazón. Parece difícil definir el arte desde las memorias ancestrales de quien escribe y habla aquí y ahora. En mi lengua materna no existe una palabra que traduzca el término “arte”, ya que la madre divina nos ha otorgado la bendición de ver, pensar y sentir de manera diferente. Aquello que se llama arte es lo más sublime, mágico y sanador que existe en este plano, al menos desde lo que me han enseñado. Y por ello, estoy agradecida. El arte es un saber heredado de nuestros ancestros que consiste en coexistir con todos los seres vivos y, sobre todo, respetar por completo lo que nos rodea.
Así es como nuestros ancestros han caracterizado este plano terrenal, desde la más mínima hoja hasta las aves del cielo, desde lo más oscuro de esta tierra hasta la luz más radiante de este universo. Por esta razón, lo defendieron hace 500 años y, en el presente, aquellos que quedan continúan haciéndolo. En el futuro lo seguiremos haciendo en honor al territorio, a la vida y a nuestra propia existencia. La resistencia y la determinación de nuestros pasos como pueblos originarios no cesará y siempre defenderemos el espacio que habitamos hasta que el último de nosotros regrese al seno de la madre tierra.
Y para mí, esto es arte. Si algún día no resisto, habré olvidado la esencia de aquellos que me precedieron.
El Gran Espíritu ha creado un universo dentro de otro universo, paralelamente de forma inexplicable, y a su vez ha dotado al ser humano con la capacidad de generar pensamiento. Esto surge cuando el Gran Espíritu infunde una chispa divina en cada ser. Así como una escultura magistral o una pintura realizada por un artista se considera una obra de arte, al cumplir ciertos parámetros o características dictados por las academias, para nosotros el arte es presenciar el nacimiento de una mañana o el firmamento cuando está por caer la noche, escuchar el canto de un pájaro, el sonido del agua, del aire, de la selva, del rugido de un jaguar, el aleteo de las aves y la visita de nuestros ancestros al ver un colibrí. Cada elemento de su esencia universal es vital para nuestra existencia. Aunque entiendo que para algunos pueda ser considerado un romanticismo o algo sin sentido, para nosotros es sentir con el corazón. El arte contribuye de manera significativa a nuestra comunidad y es fundamental para el buen vivir y la propia esencia de nuestro origen. En su discurso El otro ¿Soy yo?, Abadio Green lo expresa con las siguientes palabras:
Nuestras leyes de origen, nuestro derecho mayor, asumen la responsabilidad con todos los pueblos del mundo, es un derecho de nosotros, para nosotros, para todos. No son leyes subterráneas sino del centro de la tierra, lo que es muy diferente, no son leyes para la cocina, sino que nacen del fogón, que también es muy diferente; no son chiquitas, sino que atienden a los animales y a las hierbas indefensas y eso es diferente. Son leyes para la vida y para después de la vida, porque también hay deberes y derechos de los muertos y con los muertos… El estado afirma que nuestro país es pluriétnico y multicultural y también nosotros, pero creemos que, a pesar de eso, no hablamos de lo mismo, porque no se habla con el corazón. (1998, p.2)
Las danzas, las manualidades y las pinturas sagradas de nuestras Ēbēra Wērā (mujeres Ēbēra), así como los símbolos de protección y equilibrio, son elementos que predominan en nuestros pensamientos y en nuestra vida cotidiana, desde que habitamos este plano adquieren una gran importancia. Los abuelos y abuelas han nacido o, mejor dicho, se les ha otorgado y heredado el poder de curar, de comunicarse con las plantas para sanar, de hablar con los espíritus de las montañas para solicitar protección al territorio, de sentir la fuerza de la madre divina para continuar el camino por más culebrero que fuera y así respetarla, honrarla y cuidarla. También les fue otorgado el arte de ser sanadores, curanderas y curanderos, Taitas, parteras, sabias y sabios. Es por esto que las pinturas y las plantas sagradas son horizonte y claridad para el ser. En cada ceremonia nuestros ancestros nos acompañan, nos guían y nos enseñan. Y precisamente en esos momentos sagrados, puedo decir qué es arte. En ese instante indescriptible que sólo se siente, se contempla, se asimila y queda grabado en la memoria de quienes están presentes. Es magia, y por ello, es arte.