Recital de la Palabra: poesía en el Festival Voces de la tierra de San Lorenzo

Recital of the Word: Poetry at the Voices of the Earth Festival in San Lorenzo

Alejandra Cardona Gañan

Escritoria | alebania93@gmail.com

Fernando Antonio Gañán Largo

Coordinador Festival Voces de la terra |fernandoganan16al@hotmail.com

Efrén de Jesús Zamora 

Escritor |culturasanlorenzo@gmail.com

Andrés Felipe Melchor Tapasco

Escritor |andres.melchor24@gmail.com

José Darío Bueno Bueno

Escritor

Figura 1. Colectivo de comunicaciones Tejiendo Voces. (2025). Fotografía de participantes de Recital de la Palbra. Cortesía del Festival Voces de la tierra.

El Festival Voces de la Tierra nace con la finalidad de generar espacios de expresión artística dentro del territorio ancestral indígena de San Lorenzo. Su primera edición se realizó el 5 de diciembre de 2015, con la participación de diversos grupos musicales tanto del territorio como de otras regiones del país. Este encuentro surge como respuesta a la necesidad de hermanamiento entre los pueblos aborígenes del mundo, quienes, a través del arte, transmiten saberes milenarios y ritmos que evidencian la riqueza cultural y artística de numerosos pueblos del planeta. Se trata de comunidades que resisten —desde las artes— el avasallante avance industrial y la pérdida de sus territorios. En este sentido, se propone la confluencia en torno a la creación y el disfrute del arte como un acto de emancipación y resistencia colectiva.

Con el paso del tiempo, el evento se ha consolidado como un escenario artístico en el que los grupos musicales y de danza del territorio ancestral indígena de San Lorenzo pueden dar muestra de sus expresiones culturales y, al mismo tiempo, compartir e interactuar con artistas de otras regiones del país. En la actualidad, Voces de la Tierra continúa proyectándose como un espacio digno para las diversas manifestaciones artísticas del territorio, promoviendo la generación de procesos creativos y la formación de artistas a lo largo del tiempo, con el objetivo de fortalecer el arraigo de la identidad cultural en relación con la identidad territorial.

En 2025 se abrió, dentro de Voces de la Tierra, el espacio Recital de la Palabra, un lugar reservado para el cuento, la historia, las narraciones, los versos, la poesía y demás expresiones en las que la palabra también encarna el arte de los territorios rurales. Este momento surge al reconocer que, en muchas de las expresiones artísticas vividas en el territorio, se manifestaba igualmente una dimensión emancipadora del arte: el arte como rebeldía frente a todo poder establecido, con una única premisa: ser en el arte el hermanamiento de los pueblos, sin otra intervención que el respeto y el disfrute humano, en responsabilidad con los ecosistemas, la ruralidad, la territorialidad y todas las formas de vida.

Figura 2. Andrés González Reyes. (2025). Cartel Festival Voces de la tierra.

Las escuelas propias, organizadoras de este proceso, continúan caminando con la finalidad de impulsar un festival de arte nacido en la ruralidad de San Lorenzo, que se expresa desde el territorio y, al mismo tiempo, acoge otras manifestaciones artísticas que deciden hermanar en estas montañas su canto, su pintura y su palabra. En este marco, compartimos una selección de los textos literarios que participaron en el Recital de la Palabra, como testimonio de las voces que hicieron parte de este encuentro.

Recordando ando

Alejandra Cardona Gañan

Recordando ando
A las semillas de mis ancestros:
bisabuelos, tatarabuelos…
a mis abuelos.
¿Quién, que fuera Grillo, no recuerda al abuelo Juan?
¿No rememora su semilla
y agradece la existencia de su niño,
su bello niño?
Su infancia transitada
por las plantas de sus pies descalzos,
abonando la tierra con sus pasos,
llenándola de vida y cuido con su trabajo.
Manos curanderas en su pasado,
tejedores y sembradores
de porvenires mejores.
¿Quién, que sea Grillo,
no se atrevería a beber de la savia fresca de la memoria,
para abrazar ferozmente, sin reparo,
la esencia misma de nuestro barro,
de la tierrita mama que nos presta el camino y permite la vida;
que nos ha parido desde su candente vientre, con fuego, agua y cantos?

¿Quién, que sea remotamente Grillo,
semilla, maíz, humano, frijol, canto,
rezo, tacto…,
no hablaría del amor y el arraigo
que sembró el abuelo?
En cada cañaduzal, en cada mazorca,
en cada palo de café,
en cada baile,
en la chichita bendita que nos refresca el alma, o
en el guarapito fuerte con el que curarse y purgarse los dolores viejos,
las penas profundas de la memoria y del pecho,
para ofrendarlas a la tierra mama que nos vio nacer.
¿Quién, que sea Grillo o Grilla,
no ofrendaría un verso, un canto, un aplauso
a la memoria viva de nuestros antepasados?
Recordando,
en el devenir implacable del tiempo en este plano:
resistir pensando,
caminar sintiendo.
Pues son ya nuestra riqueza,
hecha ahora
carne, huesos, agüita bendita,
semilla y canto.
A los abuelos.

El Colibrí

José Darío Bueno Bueno

Me llaman el colibrí, pero ancestralmente soy el tominejo, vuelo con velocidad. Ansioso de llegar a saludar mis princesas, reinas flores. Porque con sus dulces mieles y perfumes; mi plumaje es mas brilloso y reluciente. Bajo la brisa de la lluvia soy muy feliz, muevo mis alas deleitando esta humedad fresca, me paseo de un lado a otro lado, dando mas vueltas y mas vueltas a mis princesa reinas flores; me detengo en una rama a mirar esos capullos y a pensar que ese ser sagrado que hizo esas reinas flores muy hermosas; si me voy no tardo en llegar a chupar la miel que mis reinas recogen de lo mas profundo de la tierra y de este bello paisaje, soy el tominejo afortunado porque solo le ofrezco afecto y mis reinas flores me llenan de miel; el viento no me detiene para llegar a la hora puntual ya que sus colores y su miel me conquistan y así me puedo alimentar; me preocupa lo del ser humano destruyendo mi paisaje donde esta el museo de flores. Sin ella son puedo vivir, seria el tominejo pobre sin poderme enamorar mis alas no volverían a volar, mis coyonturas se pegarían y nada podría visitar.
Con este mensaje poético del tominejo me quiero despedir.

Canto al cerro

Efrén de Jesús Zamora 

Al cerro de Buenos Aires hermoso
un cantar, una canción no sencilla
en el paisaje esplendido grandioso
el cerro es encanto, es maravilla.

Oh cerro lindo eres tan imponente,
los vientos te saludan al pasar
también el sol desde el oriente
muy de mañanita te quiere saludar.

Cuando ya llega el invierno 
las nubes se bajan del cielo
y como un manto tan tierno
al cerro cubre con su velo.

Al comenzar el lindo amanecer
el cerro ofrenda su hermosura
a su belleza un canto debe nacer
en las mañanas desde el alba pura.

En las bonitas tardes lluviales
el arcoíris aparece reluciente
como un carro de ofrendas florales
que al cerro adorna permanente.

Imponente desafía a las alturas
las aves vuelan, lindo se elevan
con sus coloridas vestiduras
plumaje bello en su cuerpo llevan.

Bonito en verano y en invierno
el cerro no deja de relucir
el fulgor de las estrellas, sereno
en las noches al cerro va a cubrir.

En las bellas noches de luna llena
el cerro de la luna se deja acariciar
en esas noches llenas de luna plena
al cerro un canto se debe tonar.

Madre Tierra

Andrés Felipe Melchor Tapasco

Energías con los principios
En una unión que hace la fuerza,
Conectando con el ser divino,
Estrellas somos,
afianzar la seguridad hace que brillar desaparezca temores,
Salir sin miedo a luchar por lo que nos genera vida,
Disfrutamos estar en ti, pero no te cuidamos,
Qué irónico,
Quedarnos y no escuchar esos gritos, cuando ella siente más lento respirar.

Conviertes aquel que busca la paz estando en guerra,
Abrázame Abrázame,
Antes que corten mis brazos,
No quiero que la asfixia cargue con tu calma,
Y te comprendo por el amor que nos tienes.

Lloro, porque somos conscientes y aun así al cien no actuamos,
Pero hay una 10 que busca una espalda,
Agotado por la consecuencia del daño,
Agotamiento mismo llevándome  a tenerla puesta,
Encontrando Serenidad en sus telas, tranquilidad en cada borde,
Arcoíris en cada hilo,
Vestiduras encantadoras en voces llenas de armonía,
Resalta la diversidad en los coros cada madrugada.

Despiertas imaginación al hablar sobre tí,
Transparencia en cada fruto,
Permites alimentarme, reposando vitalidad en cada latido,
Expresiones únicas al conversar contigo,
Himnos en honor a cada verbo trasado por el viento,
imperfección no rosa su piel,
Agradecimiento infinito por todo lo que haces en nosotros madre tierra.

Cierro mis ojos y 
Soy consciente de lo que observo,
Ahora La mirada fluye con el sentir.

No es cultura, no es identidad

Fernando Antonio Gañán Largo

Y que culpa tiene la guitarra
Que mires desde arriba al tambor y la caña,
Que culpa tiene la guitarra
Si ella igual con amor acompaña tus melodías
Clasistas y colonizadas.
Y que culpa tiene la guitarra de ser andaluza,
Ibérica o europea,
Si con ella titubeas tus afanes de capital.
No es la cultura,
No es la identidad
Es poder, es arribismo, es políticamente correcto.
No vengas pues a mí con el presupuesto,
Si es obvio que, para ti el Buen vivir es un supuesto
Y solo es pretexto para devengar y seguir alimentando la pedigüeña estatal.
Y que culpa tiene la guitarra
de como espada ser forjada en el viejo mundo por vez primera,
si me hace la primera y la segunda al acompañar mi canto.
Y hoy Canto y rezo por amor a estas montañas
pues hoy me enfrento con palabra a la magia malvada y a la codicia,
a las ganas de poder, al deseo de extracción.
Que mi voz retumbe hoy en este cerro majestuoso,
que ese plan incestuoso caduque pues es tenebroso.
Y entonces que culpa tiene la guitarra
Si en su travesía por la vida,
Es vigilante de la comedia matutina
De la discusión miope y flojitamente argumentada.

Que si es propio, que si es apropiado,
Que si la quena o el violín,
Que si la saya es polvorín,
Que los tinkus hay que erradicar
Y que encostalados hoy tenemos que jugar,
Que hay que cambiar el ritmo de la cordillera por un son cubanizao,
Por un apacible pasillo, una lunita consentida, una musiquita de hacendao,
Un tufillo aristocrático del siglo pasao.
Pero si la montaña suena a sur,
Si la montaña se pinta de whipala,
Si las comunidades se hermanan, Entonces es un arte importado.
¿Por qué la danza de salón?
-Es que es mejor la aristocracia y el socavón.
Pues que es más nativo recordar
A los godos en estas montañas haciéndose respetar.
Y por tanto quiero aclarar
frente a los colores del pabellón:
Que mi danza es colectiva,
Que mi danza no es de salón.
Que es innegable que en estas tierras retumbó, primero el crujido del fuego y un tambor,
El viento de un siku y un carrizo;
Antes que las desafinadas cuerdas de un violín, llorando por una cruda interpretación.
Que mi danza es colectiva
Que mi danza es multicolor.

Cómo citar:

Cardona Gañan, A., Gañán Largo, F. A., Zamora, E. de J., Melchor Tapasco, A. F., & Bueno Bueno, J. D. (2025). Recital de la Palabra: poesía en el Festival Voces de la tierra de San Lorenzo. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 6 (10). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2026/02/17/recital-de-la-palabra/

Fecha de recibido: 3 de Julio de 2025 | Fecha de publicación: 15 de febrero de 2026

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144

CARTA PARA AMELIA

Letter to Amelia

Por: Moises Campo Elías Coral Ceballos (Moshe)

 Estudiante de Artes Plásticas y Derecho | Universidad de Caldas |  moises.coral4376@ucaldas.edu.co

Figura 1. Casimblanco, Laura, (2025). Sin título (Dibujo). Manizales. Cortesía de la artista.

Querida Amelia:

Espero que todo en tu vida esté marchando bien, que tu estancia en el hospital esta vez no sea larga y que pronto puedas venir a casa. Te cuento que por aquí todo está muy bien; el trabajo es pesado y casi no puedo dormir bien por el verano, pero los vecinos siempre son buenos. Esta tarde, la señora Luz me invitó a comer, había preparado una sopita tan buena como la que hacía la abuela.

No he dejado de pensar en la abuela, justo la recordé tanto como para escribirte esta carta después de mucho tiempo. Y sí, me acordé de la silla, de su silla de planchar. 

¿Recuerdas? Esa tarde previa a navidad, cuando jugábamos a ir de vacaciones a conocer el mar y surfeábamos en esa silla, una ola imaginaria nos tiró al piso y su silla de planchar terminó con una pata menos de las que antes tenía.

Me acordé de nuestra alcancía, en la que guardamos por meses esas monedas que de vez en cuando nos daba la abuela; monedas que no alcanzaba para comprar una silla nueva, pero nos ayudaría a que don José, el artesano del pueblo pudiera, como por arte de magia, devolverle la pata a esa pobre silla siniestrada. 

Esa tarde corrimos con la silla en hombros atravesando el pueblo hasta el taller de don José. Al llegar, un hombre de edad nos saludó; sentado en su mecedora bromeó sobre el paciente que traíamos en hombros, diciendo que si era un carro el que nos había atropellado debíamos esperar a la policía. Explicamos que era un objeto preciado para mi abuela y que si la vía así, nos dañaría profundamente su tristeza. Recuerdo tanto que le rogamos que jamás le contara lo sucedido y, con un tono jocoso, él prometió que se llevaría el secreto a la tumba y que la silla quedaría mejor que antes.

Era un 24 de diciembre y, como siempre, las familias del pueblo se reunían a celebrarlo. Nosotros dos, con la abuela, íbamos a la casa de la vecina a rezar y cantar villancicos, pero esa noche unos tiros alertaron a todos y nos obligaron a quedarnos en casa. Al día siguiente se rumoreaba que eran guerrilleros; otros decían que eran paracos, pero lo cierto es que ese 25 de diciembre el niño dios en vez de traernos algo, se había llevado algo de nosotros.

Cuando escuché que fue en casa de don José, sentí que debía recuperar la silla. ¿Recuerdas que me escapé de mi abuela esa tarde? El pueblo era pequeño y, cruzando el río, podía llegar al patio trasero de la casa de don José, así que corrí hasta allí. Grité su nombre, pero nunca contestó. La silla seguro seguía en su taller, me dije, mientras pensaba que la abuela iba a estar muy triste si perdía su silla, pero don José muy diligente ya la había arreglado. Emocionado, no dudé dos veces en tomarla y dejar sobre la mesa todas las monedas que había sacado de nuestra alcancía. Yo estaba feliz.

Llegué a la casa, dejé la silla en la salita y corrí a verte, estabas con la abuela, recuerdo ver que ambas lloraban, pensé habías caído en la presión y habías confesado nuestro crimen, pero al abrazar a la abuela para decirle que viniera a revisar la silla, miré a la calle y supe que la conmoción era por otra cosa.

Don José había cumplido su palabra, la silla estaba perfecta, y si, se había llevado el secreto a la tumba.

Referencias

Molano, A. (2001). Desterrados, crónicas del desarraigo. Bogotá: Áncora Editores.

Cómo citar:

Campo, M. (2024). Carta para Amelia. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/11/21/carta-para-amelia/

Fecha de recibido: 28 de Octubre de 2025 | Fecha de publicación: 21 de Noviembre de 2025

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144

CIELOS Y TAMBORES: NOTAS DE VIAJE

Heavens and drums:Travel notes.

Por: Duván Andrés Sánchez García

Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas|duvan.11911294@ucaldas.edu.co

 

Figura 1. Sánchez, D. (2024). Cielos y Tambores [Ilustración]. Buenos Aires. Cortesía del artista

“Habíamos estado en todas partes. Pero, en realidad, no habíamos visto nada”

-Vladimir Nabokov

Una sala de conciertos suspendida en el interior de un edificio. Su forma, color y textura como las de una semilla gigantesca, y yo en lo más alto de las graderías. Allá en el suelo golpearon un bombo sobre el que habría podido dormir tranquilamente (siempre que nadie le lanzara un mazazo), acostarme con brazos y piernas extendidas. Cuando me atravesó el estruendo también me sucedió una idea: acababa de estallar un trueno a mis pies, no sobre mí, ¡porque estaba por encima del cielo! Pero, cuando terminaron, me reproché la comparación, el caer en la metáfora fácil: esa manía que tanto abunda de proponer una semejanza para intentar darle a algo la grandiosidad que no tiene. Fue un alivio haber estado solo porque en cuanto vino a mí aquel pensamiento quise contárselo (¿pero, a quién?), y era preferible así, que no me oyeran ni me acusaran de ingenuidad: ser el único testigo de mi tontería. 

Aunque sí había estado antes, si no por encima del cielo, al menos a una altura considerable. Una de aquellas veces, suspendido en el aire (pero no en un auditorio), miraba por la ventanilla: ¡tanto tiempo que temí que quien me viera viendo al cielo pensara que no había volado nunca! Es que tenía debajo una extensión ininterrumpida de nubes, como un mar ebullido y vuelto a condensar, y buscaba algún punto en que se separara y me dejara ver la tierra debajo. Imposible: ese blanco cubría perfectamente la superficie y calcaba el suelo y su irregularidad como si se tratara de un molde o una sábana que reproduce el relieve del cuerpo al que cubre. Así adivinaba yo, bajo las crestas trazadas por el camino de las nubes, colinas sobre las que no vivía nadie y, bajo sus valles, depresiones en el terreno. Lo que no pude imaginar fueron personas.

De todas formas, al final, no hizo falta porque terminé por encontrármelas: un niño brillante, un hombre que nos habló sobre centauros y disputas míticas entre hermanas que terminaron en muerte, otro par de hermanas con el que sí que pude hablar y otra clase de animales en mi plato, deliciosos, que no nombro porque me avergüenza. Aunque es mejor dejarlas para después: no me interesa ese viaje hacia el este caluroso sino uno, posterior y muy distinto, hacia el sur, tan arriba en el globo como nunca antes había estado. 

De camino, cuando pude mirar por la ventanilla, estábamos sobrevolando el litoral pero de forma que me era imposible ver la tierra o ver el cielo: sólo conseguía dirigirme hacia abajo, a un azul inacabable e inmaculado. Quizá porque encuentro entretenido perderme a veces en la confusión, me dio por creer que el avión estaba dado vuelta, que si caía no iba a zambullirme en agua sino a salir despedido del planeta, que ese azul no era sino un cielo despejado por completo. Pero no se cayó nadie y todos aplaudieron cuando estuvimos a nivel del suelo, como si en el fondo sintieran alivio, como si hubieran sospechado catástrofes.  Luego los vería aplaudir también en otros sitios: en el cine, sin falta, antes de empezar una película y en cuanto terminaba; en la calle, frente a alguien que hiciera música; incluso alguna vez aplaudimos y gritamos en el metro, en medio de una efervescencia deliciosa, impacientes por lo que estaba por tener lugar. 

El que un vagón de metro suele estar abarrotado hasta lo penoso ya es cosa sabida: no habría sorpresa en mencionar que por las estaciones circulan cientos de miles de personas, y yo ni siquiera estaba en Tokio o en Ciudad de México ¿Qué decir entonces? Sólo un par de cosas: en todos lados hay quien intenta vender cosas que nadie quiere, representando la pantomima universal del comercio para encubrir la mendicidad, la súplica, con la diferencia de que únicamente allí he visto que los vendedores dejen sus mercancías sobre las piernas de los potenciales compradores. Así, me parece, ponen a la otra persona en una situación bochornosa: no puede negarse a recibir ese objeto y, por tanto, al compromiso que subyace; lo miran a uno como diciendo: “pero es evidente, asombrosamente claro, ¿no estoy yo aquí, mendigándote, adquiriendo sobre ti un crédito por este solo hecho? Entonces, ¿qué piensas? ¿dónde tienes la cabeza?” (Lévi-Strauss, 1988). Y uno ve esos ojos y debe regresar los audífonos, las medias, los cordones o ni siquiera eso: regresar el papelito que dice que viven con hambre siendo viudas, huérfanos, enfermos. A la estación Diagonal Norte de la línea C la decoran azulejos hermosos y yo los veo mientras escucho a una mujer pedir ayuda porque es ciega. 

Figura 2. Sánchez, D. (2024). Cielos y Tambores [Ilustración]. Buenos Aires. Cortesía del artista

De vuelta a ese día colmado de arengas, me llegué a preguntar si tenía caso ir, si era justo o tenía sentido que marchara, en un país ajeno, por causas ajenas, haciendo coro de consignas a las que seguro que no tenía derecho. El que yo estuviera en ese suelo un 23 de abril era mera coincidencia, pero desde mi cuarto, a través de la ventana, se veía el cielo azul y se escuchaban bombos y cornetas que acallaron cualquier duda o cualquier pudor ¡Qué importaba!, ¿quién me lo iba a reclamar? Esa multitud en el subte no me iba a reprochar mi acento extranjero y es seguro que, ya arriba, mi voz era indistinguible de la del resto, que se había convertido en un clamor como de partido de fútbol; porque eso parecían las calles: tribunas que hubieran desbordado estadios, un carnaval fuera de calendario, inesperado, enardecido ¿Cómo no cantar, cómo no saltar con el resto? Hasta el impulso de encaramarse a lo que fuera me pareció, entonces, perfectamente comprensible, cuando antes, después de un mundial, tal panorama me había causado tanta risa. Yo quería ver la muchedumbre desde arriba, presenciarla aun a costa de no estar sumergido en ella: la suma de insignificancias convertida en mar. Nadie de quienes estaban ahí era alguien realmente pero, ¿cómo fingir que no estaba la ciudad entera? “Y cuando estuvo entre la multitud humana no fue casi nada; solo un ser humano entre muchos (…)” (Hamsun, 1969). 

Luego, intentar salir de ahí, claro, porque falta el aire  ¿Sería eso lo que buscaba de un viaje sin fotografías, sin mensajes para mis amigos, sin llamadas para la familia? ¿Desaparecer en multitudes de desconocidos? ¿Salir de la patria como Ovidio (1996) que se separaba de su país como si se separara de sus propios miembros cuando una parte de su cuerpo parecía que era arrancada de la otra? ¿Qué sería lo que quería arrancar de mí? 

Como no supe responderme me aventuré a arrancarme el aburrimiento yendo una noche al Vorterix, llamado por afiches que cubrían las calles y esperando, con suerte, hacerme algún amigo: “¿Escucha Winona Riders?, ¡yo igual!”. Un palco cercaba la pista, decenas de pies muy por encima de mi cabeza y ojos que veían y ojos que grababan apuntando al tumulto de abajo. Podía subir y ser testigo, registrar el espectáculo, ser consciente, gracias a la distancia y a ese excepcional punto de vista, de la verdadera escala del concierto; o quedarme allí sumergido en lo que pasaba. Hice lo más sensato (que no lo más inteligente) y me dejé golpear y arrastrar de un lado al otro, ahogándome en calor ajeno, bruñido con sudor. Ojalá lamer la transpiración que me llega a la boca y sorprenderme con el sabor, no hallarlo salado sino amargo, hervir por dentro al tiempo que al iris se lo devora la tiniebla por completo. De haber pasado podría contar, sin tropezar con una sola metáfora, sin que fuera adorno o invención con pretensiones literarias, que mi cuerpo se descoyuntó con un golpe de tambor, que se elevaba mientras se alargaba como una cadena, como la piola de un trompo, y que vibraba al fin como una cuerda. Vuelto un líquido le habría dado materia al sonido al prestarle forma, le habría servido de recipiente, vuelto la carne de esas voces que gritaban. Estando así, quizá, las luces habrían estallado realmente, el palco disuelto y, a la altura de mi rostro, el techo en contacto con mi coronilla o, bueno, quién sabe, podría haber ocurrido como en sueños cuando me quedo ciego.

Figura 3. Sánchez, D. (2024). Cielos y Tambores [Ilustración]. Buenos Aires. Cortesía del artista

Pero es que era cierto que le daba forma al estruendo, ¿o acaso no vibraba el suelo y yo con él, no era yo el líquido de mi sudor y mi sangre? En el escenario golpeaban el parche de un bombo y sobre el suelo a mí me golpeaba gente hermosa: los miraba y que esas manos me estrujaran así era para agradecérselos. No había metáfora en ningún lado, subíamos y bajábamos, no como un mar sino hechos uno. La marcha y el concierto no eran como un carnaval sino lo mismo: “el latido de los tambores, el encantamiento de zumbidos extraños” (Conrad, 2021). El ritual maravilloso de una fiesta.

Pero mejor paro de escribir, que me tropiezo. 

Referencias

Lévi-Strauss, C. (1988). Tristes trópicos. Ediciones Paidós Ibérica S.A. 

Hamsun, K. (1969). Bendición de la tierra. Plaza y Janés S.A., Círculo de lectores S.A.

Ovidio. (1996). Tristes. Planeta de Agostini S.A.

Conrad, J. (2021). El corazón de las tinieblas. Plutón ediciones X. s.l. 

Cómo citar:

Sánchez, D. (2024). Cielos y Tambores: Notas de viaje. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/04/25/cielos-y-tambores/

Fecha de recibido: 30 de Junio de 2024 | Fecha de publicación: 25 de Abril de 2025

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144