ARTISTA AMATEUR SIN MIEDO A NADA: Una crónica sobre como conocí a Antonio Caro

Amateur artist without fear of anything

Por: Mateo Quintero

Maestro en Artes Plásticas  | Universidad de Caldas | mateoquintero05@gmail.com

Figura 1. Caro, A. 2016. Colombia – Malboro. 44 Salón Nacional de Artistas.

Nunca he puesto mucha atención cuando estoy enfrente de alguien famoso e importante, siempre apelo a esa idea de que todos hacen popó, eso ya los hace ser como la mitad de importantes de lo que pueden ser. Prometo que esto tendrá sentido cuando desarrolle la idea, igual no es una disculpa, así soy.

Por cosas de la vida y porque siempre he sido mejor actuando que pensando, me presenté a un programa que formaba a personas afines al arte en el marco del 44 Salón Nacional de Artistas, para que pudiéramos aspirar a ser quienes hicieran el montaje de las exposiciones. Yo, en realidad, pensé -sobretodo porque nunca pienso las cosas de manera positiva- “¡marica, eso no pasa, eso seguro es para robarse una plata!» o cualquier otra cosa que pudiera pensar mi mente revolucionada.

El día menos pensado me llamaron. Al contestar, preguntaron si era Mateo, si me había inscrito, si tenía curso de alturas, que si lo bueno, que si lo malo… y, después de solucionar un par de asuntos burocráticos, terminé detrás del telón del gran show. Digo «gran show» porque para mí, en ese momento, era la exposición de arte o evento de arte más grande en el que había estado, en la que había imaginado estar. Cuando menos pensé, ya estaba metido en un boroló muy fuerte, pero bien, nada malo. Después me di cuenta de que nos iban a pagar. Lo loco es que yo ya estuviera adentro de la producción y aún no supiera ese detalle. Dije: “ah, esto va a ser severo”, y sí, hasta una carta me hicieron para faltar a las clases de la universidad. Si esto fuera televisión la frase sería “¡mamá estoy triunfando!”.

En las clases de montaje -que suena como algo que no pasaría- nos dieron unas lecciones brutales, llenas de tips y conocimientos que solo se aprenden con tiempo haciendo ese oficio, ahí los soltaron uno tras otro. En una clase llegó Juan Fernando Herrán (hágase el favor de googlearlo), ese cucho es de los dioses del arte, pero nada, la misma ley: todos hacen popó. Preguntas de toda clase y chan con chan, aprendí y acabamos el curso, en realidad fueron varias sesiones y llevaron a diferentes personas. 

Al mes, más o menos, de acabar las clases de montaje nos llamaron para trabajar montando las obras del SNA. Cuando llegué, me pusieron a ayudar en la construcción de la obra de Gustavo Toro. Qué man tan bacano: súper formal, con un montón de cosas inteligentes en la cabeza. Y yo, que llegué con mi overol de EMAS (la empresa de aseo de la ciudad, lo compré por dos mil pesos en la galería), amarrado hasta la cintura y dejando ver un peto que había comprado en otro ropero, por menos de lo que valió el overol, con la célebre frase “A ella le gusta como yo le doy”, que yo llevaba con orgullo, para que decir que no, si, sí.

Lo divertido es que, en ese mundillo, desentonar es una actividad que es más difícil cuando se intenta ser singular, que cuando se siguen las líneas de lo que llaman normalidad.

Figura 2. Toro, G. 2016. Son las aguas las que hacen la ciudad. 44 Salón Nacional de Artistas.

Después de ayudar a Gustavo -a quién, por cierto, le quedó muy bello lo que hizo- me pusieron a trabajar (aquí es donde comienza la verdadera historia) con el grandísimo Antonio Caro. Yo sé que ya mandé la ley de que todos hacemos popó y que tales, pero ese cucho es como el Justin Bieber de las artes en Colombia, artista desde joven, irreverente, sagaz, inteligente y manda a comer mierda a cualquiera (la última no es una cualidad que admire pero al cucho le sirvió para muchas cosas). Yo no me asusté mucho. Ustedes dirán: «¡que man tan visajoso!», pero esa regla de que todos hacen popó me ha puesto enfrente de muchos que uno diría “¡QUÉ!”, en mayúscula y con muchas E, y la verdad no me intimidó.

La obra de Antonio la tenían pensada para un morro al frente del Museo de Pereira, ahí afuera de un almacén de cadena, cuyo nombre no sé, ni me importa. En ese morro, más mal tenido que cualquier cosa, pondríamos la obra de don Antonio. Lo primero que hicimos fue volear guadaña. Yo nunca había prendido una guadaña, pero a mi esas cosas me causan intriga y dije: «venga yo arranco». Los otros parecían tampoco haber manejado esa máquina así que aceptaron. Ahí estuvimos la maricadita de dos días, pelando el morrito (que resultó morrote). Cuando ya lo teníamos arreglado, todos devastados y cansados, el man que era como el semijefe (el jefe debajo del jefe, que en este caso se llama “asistente de curaduría”), nos dijo que montáramos la obra. Era un letrero de «Colombia» hecho con la imagen de Marlboro, lo habían mandado a hacer gigante. Me acordé de una obra que hice hace un tiempo, que se llama “Si es grande es arte”, una charla que quizás tengamos después, para no perder el hilo con don Antonio.

Entonces, se trataba del letrero que dice Colombia y comenzamos por los bordes, pusimos la C y la A. Ahí estábamos, dividiendo el espacio para ubicar el resto de letras. En realidad no era tan difícil poner la obra, lo difícil fue pelar el morro. Cuando de un momento a otro, se bajó un señor de un taxi, justo enfrente de donde estábamos. Medía más o menos 1,80 m, el pelo se le alcanzaba a ver como en horizontal, a unos 20 o 30 centímetros de la cabeza, entre blanco y gris. Llevaba una mochila de esas arahuacas, esas que traen de la Sierra (ojalá se la haya comprado a un indígena y no a los hijos de Uribe). Gritaba algo que no alcanzábamos a escuchar desde donde estábamos, yo pensé que estaba celebrando, pero no: el señor que gritaba era Antonio Caro. Yo nunca había escuchado gritar a Antonio Caro, en realidad nunca lo había escuchado. Estaba super ofendido, bravísimo, le salía fuego por los ojos. Ahí detuvimos toda acción: nos quedamos como congelados.

A Antonio le costó más o menos veinte minutos llegar hasta donde estábamos. Cuando llegó, no emitió ni una sola palabra: solo comenzó a quitar las letras que ya habíamos puesto y a guardar las otras. Nosotros, sin preguntar mucho, le ayudamos a quitar las letras y a guardarlas, pero ya sabíamos que algo trágico estaba pasando. No pasó nada más y así acabé ese día, sin saber ni que tenía que hacer al otro día.

Esa noche recibí dos o tres llamadas con indicaciones de ir al morro del museo al día siguiente. Parecía que algo serio estaba pasando. Cuando llegué, al otro día, Antonio estaba esperándonos ahí parado. No estaba de mal genio o por lo menos no tanto como el día anterior. Cuando el grupo de montaje estuvo completo, comenzamos a trabajar, no sin antes tomar gaseosa que había llevado Antonio, que a diferencia de lo que he escrito hasta ahora, parecía un señor bastante bueno y formal: cosas raras de la vida. Montamos las letras en más o menos cuatro horas. Lo hicimos despacio, con calma. Antonio se paró al frente del morro desde donde podía verlo completo y por el celular nos daba indicaciones: «corra esto, suba esto». Así pusimos ese letrero enorme que hacía parte del Salón Nacional y que -por la relevancia del señor Antonio Caro- era una de las piezas había que ver para decir que se había estado en el Salón.

Figura 3. Jess Ar. 2016. Fotografía Instalación Colombia – Marlboro de Antonio Caro. 44 Salón Nacional de Artistas.

Al terminar, volvimos a tomar gaseosa y comimos empanadas. Al parecer, Antonio solo estaba bravo porque habíamos arrancado sin él y respeto su posición. Esa obra se montó unos dos o tres días antes de darle apertura al Salón. El día de la inauguración, estaba en Pereira la crema de la crema del círculo artístico del país, y yo ahí, codo a codo con ellos mientras vestía mi overol. El peto no, porque se lo había cambiado a Paulo Licona (esta es otra historia que estaría muy chimba contar) por la camiseta que llevaba puesta el día que nos conocimos. Uno de los compañeros con los que monté lo de Antonio me buscó y me contó que Antonio Caro nos estaba buscando, si usted lo ve desde mi perspectiva (que es cansona e irritante) aquí el famoso soy yo ¿no? 

Antonio nos quería invitar a comer, cenar como él decía. Paréntesis, lo difícil de utilizar el verbo en pasado es que en este momento doy por hecho que Antonio Caro está muerto y que en paz descanse el señor del pelo en horizontal. Otra cosa que me gustaría anotar es que me gusta más decir paréntesis que poner el signo, y por esto: paréntesis. Antonio murió el 29 de marzo del 2021, me di cuenta por internet, nunca me ha dado mucho dolor de la muerte, en realidad les guardo un poco de envidia a los que se nos adelantan en el viaje. No hice mucho, pero si lo recordé y me sonreí, el cucho en realidad me caía muy bien. No voy a volver a decir paréntesis, pero… sigamos con la historia.

Todos aceptamos la invitación ¿Cómo no va a querer uno comer con Caro? Yo hasta me imaginé en un restaurante fino, sin el overol, obviamente. Nos dijo que si estábamos solos o que si queríamos lleváramos a la pareja. Ese Antonio era un bacán. Cuando nos encontramos con él, en el centro de la ciudad, nos dijo que ya sabía dónde íbamos a comer y emprendió el camino, caminaba rápido como con afán y cada tanto se detenía a mirar cosas como perdido u obnubilado y seguía su camino. En un momento paró frente de algo que yo podría llamar buffet y ahí nos esperó. Nosotros no alcanzamos a seguirle el paso, pero le llegamos. En la puerta nos dijo que siempre venía a ese lugar, que le encantaba. Ahí entendí que Antonio Caro también era una persona normal y mejor me cayó el señor del pelo en horizontal.

Cuando entramos lo saludaron por su nombre y eso quiere decir que era muy famoso o era cierto que siempre iba a ese lugar. Cada quien cogió su bandeja y se sirvió lo que quiso comer. Él estaba adelante de la fila, intentaba hacer recocha y mostrarnos cosas. Nos dijo que comiéramos grasita para que no nos callera mal el amarillo, yo pensé que era un simple chiste, pero no: la invitación incluía la previa de la fiesta de inauguración del Salón. En la cena -como decía Antonio- hablamos de los temas más normales de la vida, nada de arte y esas banalidades. Hizo chistes buenos y otros malos, se reía duro sin importar nada. Eso quiero hacer yo sí triunfo en el arte: reírme duro, que hijueputas.

Terminamos de comer y nos dijo: «vamos al estanco y nos vamos tomando un amarillito mientras llegamos a El Pavo». Paréntesis: El Pavo es como un cuchitril, un lugar donde la gente va a tomar y a escuchar musiquita, pero este es súper retro, súper legendario. Lleva toda la vida en el mismo lugar, siendo el mismo, y se convirtió en un centro bohemio. Tiene un aire a los 80´s que es tan bueno, tan irreal que resulta mágico y más mágico saber que íbamos con Antonio, como en un cuento de Caicedo, vagando por las calles de esa ciudad, con el amarillito -que es bien bravo-, entonados ya todos. Estábamos en un momento que se sentía fraternal, nada que ver con lo que pensaría uno que le iba a pasar con un señor así de importante en un evento así de importante. Ahí estaba yo, que si de algo puedo estar seguro es que la vida no es como uno cree que es. 

Figura 4. Cortés, C. (s.f.). Fotografía Fuente de soda El Pavo. Pereira, Risaralda.

En el pavo Antonio no se sentó ni un segundo. El man bailar, bailar no sabía, pero al parecer él tampoco sabía que no sabía y le encantaba. Bailó con todo el que pudo una tras otra. Interrumpía el baile con una copita de amarillo; muchas veces dijo: “yo vengo por aquí por el amarillito” y seguía en las suyas. Yo, que no bailo, todo huraño me quedé ahí sentado mirando la escena que ya -seguro por el amarillito y por lo feliz que estaba- veía en un tono ochentero. Que recuerdo. De los mejores que me ha dejado esta rara decisión de hacer vida en el camino artístico, que es pantanoso pero gratificante. 

No pasó mucho más. Nos tomamos dos botellas de amarillo: una en la calle y la otra en El Pavo. Bailamos -o bueno mi novia bailó con Antonio Caro- y de ahí nos fuimos para la fiesta del Salón Nacional. Era en un club de la ciudad, una fiesta muy élite, como uno se imagina que son las fiestas de esa gente del arte, nada que ver con la escena en donde estaba yo. Ahí Antonio se perdió, yo creo que saludó y se fue, o lo que sea. 

Mucho después me lo crucé en ArtBo y nos dimos una mirada de compinchería antes de un saludo que me da fuerza para decir: yo conocí a Antonio Caro, que en mi opinión era un cucho muy bacano, inteligente y jovial. Y sí, quizás tenía un genio muy difícil, pero en este mundo con tanta mierda ¿Quién no? Yo no puedo decir mucho más y no quiero hablar de por qué es importante la obra de Antonio, ni nada de eso. Creo que si usted llegó hasta acá o ya sabe de él o no le importa, y en los dos casos la cosa está bien. Siéntase usted, en la cena de esa noche, aquí usted no está leyendo del artista Antonio Caro sino del señor del pelo en horizontal. Contar esto es, para mí, un buen homenaje a Antonio Caro, donde esté las mejores: paz y gratitud. 

Notas

[1] Escribí esta historia hace 9 años en el Salón Nacional de Artistas del 2016. Traté de mantener su estilo y forma, porque me parece prudente ser respetuoso con el que era yo en esa época, no realicé muchas correcciones al texto inicial. 

Como citar:
Quintero, Mateo. (2025). Artista amateur sin miedo a nada. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/10/31/artista-amateur-sin-miedo-a-nada/

Fecha de recibido: 19 de agosto de 2025 | Fecha de publicación: 31de octubre de 2025

¿FUMAR O AMAMANTAR? DESEO FEMENINO Y PENITENCIA. Sobre «La Caida» de Ana Blandón y María Fernanda Mora

The Fall: The first was the cause, the second was the effect.

Por: Mariaclara Carmona Caraballo

Estudiante de Artes Plásticas | Universidad de Caldas | maria.carmona30061@ucaldas.edu.co

Figura 1. Blandón, A. (2025). Desobediencia. [Acuarela sobre papel] 20x30cm. Fotografía cortesía del artista.

La exposición La caída, realizada por las artistas plásticas Ana Blandón López y María Fernanda Mora, fue inaugurada el 23 de mayo de 2025 en Cebolla Estudio (Manizales), un espacio cultural donde se llevan a cabo diversos talleres, conversatorios, muestras artísticas, subastas, entre otros eventos.

La exposición constaba de diez piezas, entre las que se encontraban pinturas hechas con técnicas como la acuarela y el óleo, además de una instalación compuesta por una silla que poseía en su espaldar, a la altura de la cabeza, un par de pechos realizados en cuero, con la medida perfecta para que el espectador se recostase y, con sólo voltear la cabeza, pudiese fumar al succionar los pezones. Esta pieza hace referencia al acto de ser «amamantado». Pero, ¿por qué amamantar? ¿Por qué fumar de un pecho? ¿Por qué llamar a la exposición La caída? En el texto curatorial de la muestra se podía leer:

«¿Y si el Edén nunca fue un lugar, un espacio, sino alguien…?

una mujer.

Las piezas exploran la construcción simbólica de la mujer como un ser desobediente, ingrato y rebelde, cuya autonomía y deseo han sido condenados -desde lo divino- al dolor, la sangre y el parto. Así, aquello que fue castigo se convierte también en el origen de la vida misma; nuestro propio nacimiento.» (Blandón y Mora, 2025)

La caída aborda temas como el pecado, la maternidad y la sexualidad de las mujeres. Por años se ha percibido la sexualidad femenina como una muestra de desobediencia, que -según la Biblia- acarrea un castigo, por esta razón el proceso de maternar se convirtió en algo doloroso. Todo comienza con el pecado original: cuando Eva come del fruto prohibido se convierte en símbolo de debilidad moral y desobediencia, así se transforma al cuerpo de la mujer en una fuente de pecado y desorden, inculcando históricamente en las mujeres la culpa por manifestar su deseo sexual. Y con la culpa llega el castigo.

Figura 2. Exposición La caida. (2025). Cebolla Estudio.

Reza el versículo bíblico, en el que Dios se dirige a Eva luego de que hubiera abandonado el Edén: Multiplicaré en gran manera los dolores de tus preñeces, con dolor darás a luz los hijos, y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis, 3:16). La frase: “tu deseo será para tu marido” implica una reducción del cuerpo de la mujer a un mero objeto a disposición del placer masculino. Lejos de dignificar nuestra sexualidad, el relato nos obliga a ser sumisas, a reprimir y asumir el dolor de dar a luz como castigo por el hecho de ser mujeres. La penitencia de Eva se convierte en la voz enjuiciadora de muchas mujeres que asocian el deseo con la vergüenza.

Es así como se genera una dicotomía alrededor de la sexualidad de la mujer: por un lado, se tiene a la madonna y, por el otro, a la prostituta, simbolizadas en este caso por la Virgen María y Eva respectivamente. La primera representa la mujer ideal: casta, sumisa y maternal; la segunda encarna a una mujer histérica, sexualizada, desobediente y pecadora. Este concepto niega a la mujer como un ser en el que pudiesen coexistir el deseo y la pureza: se nos obliga a elegir entre la santidad y el pecado.  

Ahora, después de discutir un poco la sexualidad femenina, vale la pena hablar sobre la maternidad, consecuencia bíblica del pecado, indagando en una de las pinturas de Maria Fernanda Mora titulada: Perla, pieza sobre la que escribe las siguientes palabras en su portafolio:

«Las perlas son utilizadas

comúnmente como una

romantización del dolor, para

estas formarse, las ostras deben

sufrir un trauma físico, y en

respuesta , sus cuerpos crearán

una perla para protegerse.

la alegoría del bebé como perla

nace de la idea de ese trauma

compartido entre madre y bebe,

el dolor heredado, pues  quizás  la

maternidad es el acto más

desesperado en contra de la

soledad» (Mora, 2025)

Figura 3. Exposición La caida. (2025). Cebolla Estudio.

Pero ¿Qué tiene que ver el acto de fumar con el amamantar y la maternidad? Según Freud, los bebés experimentan el mundo a través de la boca y el acto de ser amamantado no sólo alimenta, sino que brinda calma y seguridad (1972). En ese sentido, el pecho no sólo es fuente de nutrición, sino de seguridad emocional y afecto. Ahora bien, siguiendo tal lógica, el acto de fumar, que también consiste en succionar, se convierte en una búsqueda inconsciente de volver a ser amamantado, deseando saciar la ansiedad y retornar a la calma.

La caída nos enfrenta a las tensiones históricas entre maternidad, deseo y redención. La exposición no sólo cuestiona la imposición binaria que se nos ha hecho a las mujeres, sino que también evidencia cómo estos arquetipos siguen limitando la forma en que las mujeres vivimos nuestro cuerpo y deseo. Obras como Perla revelan la maternidad como una experiencia ambivalente, atravesada por el dolor, la herencia emocional y el deseo profundo de conexión. La instalación que combina el acto de fumar con el de amamantar sugiere un retorno simbólico al origen, a esa necesidad humana de afecto y calma que comienza en el pecho materno. En este sentido, La caída no se presenta como un castigo, sino como una oportunidad para mirar de frente nuestras fisuras y resignificarlas.

Referencias

Freud, S. (1972). Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis. Luis López-Ballesteros (trd.). Alianza Editorial.

Mora, M.F. (2025). Portafolio artístico. Documento no publicado .

Cómo citar:

Carmona , M. (2025). ¿Fumar o amamantar? lo primero fue la causa, lo segundo fue el efecto. Sobre: «La caida». Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/10/14/fumar-o-amamantar/

Fecha de recibido: 30 de mayo de 2025 | Fecha de publicación: 13 de octubre de 2025

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144

SAMAY: EL ALIENTO QUE NACE DEL CORAZÓN EN LA OBRA DE ELIANA MUCHACHASOY 

Samay: on the work of Eliana Muchachasoy

Por: Sofía Gañán Betancur

Ēbēra Wērā (Territorio ancestral San Lorenzo, Colombia)

Estudiante de artes plásticas | Universidad de Caldas | sofia.ganan10143@ucaldas.edu.co

Figura 1. Muchachasoy, Eliana. (2023). Samay: Un soplo de vida [Acrílico sobre lienzo]. Sibundoy, Putumayo: Galería de arte Benach.

Hoy quiero saludarles expresando mi gratitud y, sobre todo, mi reverencia a la vida, al cosmos y a la madre creadora, dadora de vida y luz. Una, dos y tres veces gracias a la puntada que me ha traído al presente de este tejido. Quiero empezar, como lo hago siempre, pidiendo permiso a este espacio-tiempo y a cada una y uno de ustedes. Les escribo desde las abuelas, las parteras, las madres, las tejedoras, las naciones que habitan en mí; desde la inquietud constante que corre por mi sangre y palpita en mis manos, ofrendando cada palabra a quienes fueron, son y serán.

En el majestuoso Valle de Sibundoy, donde la tierra respira en un susurro ancestral, surge la obra Samay Un Soplo de Aliento, una creación de Eliana María Muchachasoy Chindoy. Su arte no es solo pigmento sobre lienzo: es un grito de resistencia, un clamor por la defensa de un territorio sagrado, un homenaje a la vida que florece en cada rincón de esta tierra que habla en colores y formas. Ella, como mujer indígena, porta una herencia rica y compleja, convirtiendo su paleta en un vehículo de reivindicación y amor por su pueblo.

La palabra Samay, que en quechua significa “aliento”, se transforma en un símbolo de lucha y esperanza, en un mundo donde los territorios ancestrales son amenazados. Al contemplar la pintura se percibe una danza entro lo humano, lo natural y lo espiritual. Cada trazo es un acto de resistencia, cada color es un grito de vida que se opone a la desarmonía y al olvido. 

Técnicamente, es una obra que demuestra maestría en el uso de texturas, trazos y la manipulación de la luz. La luz que emana desde el interior de la pintura acaricia suavemente los elementos plasmados, cada uno es portador de una carga simbólica milenaria. En este juego de luces y trazos, en esta danza de texturas, Eliana nos transporta a un espacio donde la naturaleza y la espiritualidad se entrelazan, invitándonos a sentir la brisa fresca y a respirar el aire que bajo la guía de la mamita que ella plasma. En el lienzo, una mujer sanadora, con el pincel, una mujer transformadora y en este escrito, una mujer tejedora.

En una sociedad donde las voces femeninas suelen ser silenciadas, la maestra se erige como un faro de luz, un soplo de aliento que desafía las narrativas dominantes. Su arte es un recordatorio poderoso de que las mujeres indígenas son guardianas de la memoria y de la sabiduría, portadoras de una visión del mundo que honra el vínculo de todos los seres. Quiero compartirles que siento una gran admiración por ello, escribo de Eliana y de Samay con la firme convicción de mantener vivo el legado ancestral desde mi lugar como mujer, como indígena y como tejedora. La respeto profundamente, le agradezco porque, a través de su rol nos invita a no olvidar y, sobre todo, a mantener viva la esencia.

Pensando en ella, en mí y en todas las mujeres que me precedieron y a quien debo mi existencia quiero ofrendar:

Mujer indígena, fuerza natural y faro en la oscuridad.
Su arte, un puente hacia el pasado, un refugio en el presente y un camino hacia el futuro.
Defender el territorio no es solo un acto político, es un acto de vida, es la sangre que corre por sus venas, es la memoria que se niega a morir.
En un mundo que busca despojar, ella se viste de valentía, con la fuerza de la montaña, con el espíritu del agua.
Su arte es un grito de guerra, una danza de resistencia.

En el lienzo cuenta las historias de sus antepasados, en cada palabra un legado, en cada color, una batalla.
Ella pinta su verdad, una verdad que trasciende, que desafía al tiempo y al miedo, que se niega a ser silenciada porque en su pecho late la tierra, en su voz, el canto de los pueblos.
Y en un abrazo sagrado, que desafía las sombras, ilumina el camino hacia un mañana en el que la tierra y sus hijos se encuentren en paz.

La fuerza emocional de esta obra trasciende lo visual; la ambigüedad de las formas se convierte en un reflejo de la fluidez de la existencia. El legado ancestral se teje en cada trazo, recordándonos que hay que volver al origen, abrigar la palabra, el pensamiento y la acción.

Samay Un Soplo de Aliento, no es simplemente una representación de un paisaje físico del Valle de Sibundoy: es un viaje hacia el alma de un territorio y de su gente. A través del arte de Eliana María Muchachasoy Chindoy, se nos recuerda que, en la vasta red de la existencia, todos estamos conectados. Su obra se manifiesta como un tributo a las raíces, a la conexión con la tierra y a la sabiduría de los pueblos indígenas, una celebración del aliento compartido que nos invita a reconocer nuestra propia esencia dentro del soplo de la vida.

La semilla que Eliana siembra con Samay es un acto que resiste y trasciende las barreras de Occidente. Hoy, quienes contemplamos esa semilla, la regamos y la apreciamos, preparando la tierra con la convicción de que más semillas se sembraran. Arâkirumâ (gracias) Sõ Biia (Corazón bueno) por la fuerza, los colores, la luz, la sombra, las estrellas, la mamita, el linaje, las plantas, la pinta, lo dulce y lo amargo, por la vida, la voz, la juntanza, la conexión, la transformación, la vitalidad, la sangre, la lucha, la fragilidad, la memoria y sobre todo arâkirumâ por pintar.

A todas y a todos quienes se dedican a este camino quiero expresarles mi gratitud. Hay que seguir tejiendo la memoria con nuestros actos, con nuestra arte, con la fuerza que cada una y uno lleva adentro. Hay que seguir pintando, haciendo, luchando y transformando, sembremos nuestra semilla.

Cómo citar:

Gañán, S. (2025). Samay: El aliento en la obra de Eliana Muchachasoy. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 6 (10). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/07/21/un-soplo-de-aliento/

Fecha de recibido: 3 de Julio de 2025 | Fecha de publicación: 21 de Julio de 2025

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144

EL VESTUARIO FRENTE AL BINARISMO: REFLEXIONES A PARTIR DE LA OBRA DE MARI LUZ GIL

Costumes, plastic exploration and the binary: reflections from the work of Mari Luz Gil

Por: Manuela Rojas Devia (Amapola)

Estudiante de Artes plásticas | Universidad de Caldas |manuela.rojas49664@ucaldas.edu.co

Figura 1. Gil, Mari Luz, (2013),  Vestido Rosa, fotografía. Cortesía de la artista. 

La obra de Mari Luz Gil captó mi atención mientras ojeaba el Catálogo de los 17 Salones Regionales de Artistas debido a su exquisito uso del material textil; riqueza visual que se veía acompañada por un potente trasfondo conceptual, una pertinente selección de espacios en donde desarrollar su obra y una paleta de colores que conseguía que sus piezas resaltasen, tal y como lo evidencia, por ejemplo, la fotografía Vestido Rosa del año 2013.  

No obstante, para entender un poco más a fondo la materialidad de su obra y la elección de sus elementos, es necesario conocer un poco de su vida. Mari Luz Gil Monsalve es una artista plástica independiente y diseñadora industrial de la ciudad de Medellín, Antioquia. Su quehacer artístico gira alrededor del performance, la foto performance y el vídeo performance, soportes de los que se vale para evidenciar las dinámicas de la industria de la moda sobre la mujer y cuerpos feminizados y cómo ciertos preconceptos socioculturales condicionan nuestra corporalidad, destacando la violencia sistemática que esta genera y cuestionando lo que hemos construido socialmente como femenino, así como qué es y cómo debe verse una mujer.

Mi interés por su trabajo me llevó a entrevistar a Mari Luz, ampliando mi entendimiento y percepción sobre cada una de las piezas. Para empezar, en nuestra conversación la artista me mencionó que su predilección por lo textil se hallaba  fuertemente influenciada por su madre: “Mi mamá desde que yo estaba muy pequeñita nos cosía vestidos a mi hermana y a mí porque decía que era como hacerle vestidos a las muñecas; siempre teníamos en la casa franjas, telas, peluches: una miscelánea”.

Una de las más claras reflexiones que me quedaron luego de escuchar a la artista describir sus inicios en la exploración del textil es que las personas somos una construcción de retazos de nuestros entornos y de lo que nos permite nuestro contexto. Me mencionaba Mari Luz: “En una de las entregas que tenía que hacer para la universidad un profesor nos dijo que hiciéramos un trabajo de pintura y nos dio muchas opciones y materiales no convencionales. Entonces yo le dije: ‘¿Puedo pintar con telas?’, y él me dijo: ‘¡Claro!’. Ahí arrancó toda mi experimentación con la tela y ya después llegué al vestuario, a ese contenedor. Yo estudié diseño industrial y entendía lo difícil que era darle forma a un material rígido, como los vaciados en cemento por ejemplo, y además eran procesos muy costosos, mientras que la tela era todo lo contrario: a la tela la podía moldear como yo quisiese”.

El entendimiento de la artista sobre la tela se ve evidenciado claramente en los acabados de cada uno de sus vestuarios, dotando a sus obras de un fuerte impacto visual.

Durante la entrevista la artista me comentó una anécdota, ocurrida en el marco del Encuentro de Mujeres Trabajadoras de las Artes y las Culturas, que daría origen a la obra Contenedor no binario: “Durante el encuentro hubo inconformidades alrededor del nombre del congreso: ¿qué sucedía con quienes asistían y no se sentían identificados con el concepto de mujer? Porque puede que uno vea a alguien en cuerpo de ‘mujer’, pero quizás esa persona no se sienta identificada como mujer, no quiere que se le llame mujer y si hacía parte del Encuentro de Mujeres Trabajadoras de las Artes y las Culturas, entonces todo el mundo iba a asumir que dicha persona se sentía identificada con ese género”.

La idea central de Contenedor no binario nace tras la reflexión acerca del privilegio de ser nombrado: ser una persona cisgénero dentro de la sociedad te valida, te da un nombre y una identidad, aunque esta misma te subyugue, pero, ¿qué pasa con las disidencias?, ¿acaso no hay espacio para el reconocimiento de la fluidez de género?, ¿qué tan atravesados estamos por el binarismo? El hecho de que socialmente se nos trate de acuerdo a cómo abordamos nuestra corporalidad, da muestra de que sobre la civilización aún pesan milenarios comportamientos occidentales que no dan espacio a la decisión. Es así que la trasgresión textil y corpórea se juntan para dar a luz a una pieza que gira en torno a una corporalidad no identificada que interactúa directamente con el espectador, a través de un performance que tuvo lugar en Medellín; un recorrido por el espacio público que iniciaba en el Museo de Antioquia y pasaba por el Centro de la ciudad: un lugar transitado que producía que la acción incomodase por su volumen, causando que los viandantes se cuestionasen acerca de aquel ser inefable, compuesto por múltiples extremidades y articulaciones cubiertas por una capa de tela, semejante al encaje, de visible rigidez, lo que obligaba a la corporalidad a ceñirse a su contenedor.

Al conversar con Mari Luz, a pesar de nuestra diferencia generacional, no me sentía ajena a su experiencia, incluso habían situaciones sobre las que me hablaba y que yo misma ya había vivido. Durante la charla las estructuras académicas de la entrevista dejaron de ser tan rígidas y la reunión se fue convirtiendo en una conversación entre dos personas que compartían su mundo. Yo le conté sobre mi experiencia habiendo crecido como cuerpo feminizado en un entorno, influenciado por la moda y los gustos perfectamente curados de mi madre y mi abuela, donde imperaban rituales mañaneros en los que todo lo no deseado se escondía tras una faja. Asimismo, le mencionaba cómo esto influyó en mi autopercepción y en mi gusto por explorar el vestuario para esconder mi volumen; diversas vivencias y sentires que me llevaban a cuestionar a fondo las estructuras binarias que en su momento trataba de seguir de manera religiosa como método de protección.

Figura 2. Gil, Mari Luz, (2019), Contenedor No Binario, fotografía. Cortesía de la artista.

La obra de Mari Luz se compone de propuestas plásticas textiles, entretejidos anecdóticos y emocionales desheredados en preguntas, cuestionamientos, reflexiones, ira, indignación, trasgresión, acción, empatía y proyección. Su postura crítica ante el contexto sociocultural en el que fue criada, y que aún es perpetuado, se ve fuertemente reflejada en cada una de sus piezas. Me gustaría cerrar este texto con un par de preguntas que me sucinta su obra: ¿alguna vez nos hemos cuestionado el encasillamiento de nuestros cuerpos en las categorías binarias o sólo las damos por sentado?, ¿quiénes somos en estos contenedores no binarios?

Figura 3. Gil, Mari Luz, (2019), Contenedor No Binario, fotografía. Cortesía de la artista.


Cómo citar:

Amapola. (2024). El vestuario, la exploración plástica y lo binario: reflexiones a partir de la obra Mari Luz Gil. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/06/18/el-vestuario-la-exploracion-plastica-y-lo-binario/

Fecha de recibido: 31 de Marzo de 2024 | Fecha de publicación: 19 de Junio de 2025

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144