Error 19-13 es un portal que busca fortalecer la producción de crítica de arte y la formación de públicos. Se propone como un estímulo para reconocer las capacidades críticas y la libertad intelectual de estudiantes universitarios, investigadores y escritores en general. Se espera publicar ensayos, críticas, encuentros, manifiestos y textos literarios que se pregunten por las condiciones de producción y circulación de las prácticas artísticas en el circuito del arte regional de los últimos años y sus relaciones con el ámbito nacional e internacional. En este sentido, permite descentralizar la reflexión sobre arte en el país y crear un archivo en web, que aportará a la construcción histórica del arte en nuestras latitudes. Error 19-13, en definitiva, obedece a la necesidad de generar nuevos diálogos y debates, en la esfera pública, que nos permitan pensar las prácticas artísticas contemporáneas, sus interpelaciones a nuestras formas de vida y el lugar del error en los procesos de creación.
Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas | laura.11917284@ucaldas.edu.co
Ilustraciones: Duván Andrés Sánchez García*
Estudiante Artes Plásticas | Universidad de Caldas|duvan.11911294@ucaldas.edu.co
*Duván Sánchez realiza una contribución a la presente publicación con distintas ilustraciones del cuento escrito por Laura Castiblanco.
Recién había traspasado la puerta, de manos del cartero, aquella misiva. El día se había oscurecido. Comenzó de repente, con nubes aparecidas en el firmamento, un tremendo aguacero jamás visto en verano, durante los calurosos días de agosto. Ante tal fenómeno los pajes corrieron a cerrar los enormes ventanales, aunque no pudieron impedir la entrada del violento torrencial. Con las cortinas empapadas, el suelo encharcado y el ruido atroz del trueno, se vio reluciente la blancura de la carta, depositada sobre la mesa de centro de la sala a la espera de la lectura de su destinatario.
No menguaba la tormenta y el rey caminaba de un lado a otro en su recámara, con la inquietud de quien se estremece ante tan extraño fenómeno. Bajó, pues, las escaleras, iluminadas de forma intermitente por relámpagos de rayos que adivinó muy cercanos. Encontró, abajo, a todos alborotados, secando el piso, recogiendo tapetes y cortinas empapadas, tratando de ordenar todo cuanto el viento feroz había echado por el piso. Sin embargo, entre tal caos, el silencioso sobre sellado llamó su atención. Se acercó despacio, con una extraña inquietud que le brotaba de las entrañas y le hacía olvidar la perturbada estancia donde estaba; comprobó, en un rápido vistazo, que sólo aquel papel permanecía imperturbable, sin una gota de agua, en medio del recinto empapado. Intuyó entonces de qué se trataba la misiva y sintió un estremecimiento, como quien espera lo peor. La tomó en sus manos, oyó amainarse el viento, dejó de escuchar truenos y, al parecer, afuera todo se calmaba lentamente, más un escalofrío recorrió su cuerpo y sintió rugir en su alma la tormenta que recién arrebataba el verano: tocar aquel papel le causó un temblor de pies a cabeza que no pudo explicar, de modo que pronto se sentó en el sofá.
Poniéndose los lentes abrió el sobre, que aún no dejaba conocer quién se dignaba a escribirle. Desdobló la carta y con sólo la fugaz contemplación de la caligrafía, temblorosa y decidida, firme y desesperada, su cuerpo se descompensó. Lo que descubrió fue un sencillo papel con sólo medio folio escrito y supo, de un vistazo, que quien escribía lo hacía a gran velocidad y no había podido terminar el texto; el papel estaba ondulado por haberse mojado y se había corrido la tinta.
Sus manos estaban heladas y temblaban, necesitó apretar los párpados, respirar hondo y darse unos segundos para reponerse. Se percató entonces, con la oscuridad de sus párpados, de la calidez que de nuevo se respiraba en el ambiente. Ya no llovía. Abrió los ojos; el sol, tras los vidrios aún cerrados, evaporaba el agua que había caído sobre la tierra caliente. Pensó que aquello no era coincidencia, que la carta pedía ser leída con urgencia y que sólo él lo podía hacer, a pesar de que le estuviera costando a su cuerpo el sólo hecho de mirarla.
Con un hondo suspiro volvió sobre las letras. Vio a los caracteres moverse de un lado a otro; tomó con una mano su asiento mientras con la otra sostenía con fuerza el papel, preguntándose si acaso temblaba. Aunque el vértigo le atacaba con violencia, una vez puestos sus ojos en la primera línea no pudo apartarlos:
Muy apreciado rey nuestro:
Haciendo honor a la verdad no puedo más que dar por ciertas las acusaciones que se ciernen sobre el ya tan conocido nuevo reo. Cuento con pocos recursos para narrar lo sucedido, careciendo de papel, tinta y palabras para plasmarlo aquí. Ha de saber que estuve en aquella terrible muerte: le vi gritar desesperado, mientras la pequeña se escondía de su feroz mirada; le vi estirar su enjuiciadora mano contra la temblorosa criatura, le vi maltratar su delicado cuerpo y corazón con tanta más furia cuanto mayor fue la convulsión que causó en la niña.
No le bastaron todos los sufrimientos que ya le había causado, las recriminaciones injustas, los castigos que ya tenían a la niña al borde de la locura, incapaz de pronunciar palabra, buscando escondite en cuanto rincón encontraba, llorando en silencio, sin comer. En los huesos la encontró, cuando en un ataque, no sé si de enajenación, ira o paranoia, le provocó la violenta convulsión que la llevara a la tumba.
A ella le vi rogar clemencia, obedecer silente, cumplir todos sus caprichos y confiar en su palabra como ley; mientras a él le vi culparle frente al pueblo de cada nuevo desvarío que se le ocurría.
Juzgará su excelencia el actuar en adelante y ha de saber que, si ella tuvo que sufrir el ser arrancada de la vida recién comenzaba a vivirla y él ha de sentir el desarraigo de la cómoda impunidad, no menos se rasga mi corazón que tanto ama a ambos, el escribir estas líneas que la verdad me dicta.
Su majestad sabrá perdonar la inoportuna llegada de mis letras y la falta de detalles, pues no hallo palabras para describir la escena terrible que hube de contemplar. Sabrá disculparme si mis manos no responden más y si mi mente se rehúsa a recordar más detalles. A su juicio apelo, como siempre lo hemos hecho, pues no necesita mi nombre para saber quién derrama sus lágrimas sobre este frágil papel pues le confieso ser la testigo que más cercana a aquel hom…
No hubiera ya podido leer más, si acaso la carta no hubiera sido evidentemente interrumpida, no hubiera quedado inacabada para siempre. Su temblor en las manos le impedía ya fijarse en las letras, que se revolvían entre sí. Sintió cómo el mundo se revolcaba bajo él y sus ojos asustados se fijaron en las paredes que se mecían de un lado a otro, sin moverse nada.
Todo seguía normal, pero en su ser la tormenta había sido instalada con esa última palabra inacabada. Cerró sus ojos para intentar reponerse del vértigo y el terror sentido y secarse la transpiración que empapaba sus cabellos. Su corazón aún palpitaba con fuerza y, respirando lento, pudo volver en sí. Intentó pensar entonces frente a lo que se encontraba: una carta firmada por lágrimas de amor. Supo, pues, que no tenía remedio, que su justicia le pedía lo inimaginable. No había más salida, de modo que dio por tomada la decisión entre aquel bárbaro vértigo que sólo entonces cesó. Denunciaban aquellas letras la oscuridad de un ser tan amado por quien redactaba la carta, como por su lector, unidos ambos por la obligación de denunciar la verdad.
Estudiante Maestría en Artes | Universidad de Caldas |diego.251717338@ucaldas.edu.co>
Figura 1. Graso (2022), Archivo de Google maps apropiado e intervenido digitalmente.
“Vengo del barrio de los grillos”.
Skiller One
“No buscamos trastocar el mundo a través de los libros.
Aprendimos a cambiar el mundo caminando y vagando por la ciudad”.
Guy Debord
Pocas cosas de mi infancia son tan palpables como la sensación de pasar días enteros jugando con mis amigos del barrio. Yo siempre fui un niño temeroso, ellos eran intrépidos, resueltos y trepadores. Así pasaba esos días, manteniendo un grado de cautela ante cada juego y gallardía que nos inventábamos para rendirle culto a nuestro libertinaje de infantes. La cuadra que habitamos en aquellos días era polvorienta y expresaba un ambiente de necesidades que para mi eran desconocidas, pero para mis vecinos eran latentes y sentidas. Como mi mayor preocupación en esos tiempos se centraba en el juego, yo tasaba, inocentemente, diferencias materiales con respecto a los juguetes que podía obtener y que mis amigos no. Lejos de eso había un territorio unificador en el que todos nos entendíamos y sabíamos iguales, a saber, la cancha de nuestro barrio. Para mi infortunio, desde chico comprendí que la velocidad con la que rueda el balón no era para mí; simplemente, no tenía aquella habilidad para parar la bola, llevarla unos metros y pasarla con la más mínima maestría. Dicho desdén con respecto al microfútbol me llevaba a recorrer y divagar más allá de los límites de la cancha; y, quizá, fue en una de esas distancias que me encontré haciendo garabatos en el terruño de mi barrio.
Cuenta Vasari que Giotto, el gran pintor del renacimiento, dibujaba ovejas en las rocas mientras cuidaba a las cabras y que gracias a eso su maestro Cimabue se había fijado en él. De la misma manera, pienso, que de niño encontré un lugar seguro en los trazos toscos. Mientras mis amigos se volvían más diestros jugando al balompié yo pasaba el tiempo rellenando las últimas hojas de los cuadernos de la escuela con dibujos influenciados por las caricaturas que miraba en Jetix. Estoy seguro que mi camino no es el de un pintor como Giotto, no soy tan bueno dibujando, jamás la erudición ha sido de mi interés. Además el dibujo en mi vida llegó como una vía de escape de la realidad y nunca ha tenido mayores pretensiones. Por otra parte, cuando miro retrospectivamente, mis trazos siempre aparece el diablo del poema de Kipling para susurrarme al oído: “Está bonito, ¿pero es eso Arte?”.
Figura 2. Graso. (2022). Secuencia de archivo familiar intervenido digitalmente.
Rodaba el 2012 y el grupo de amigos de mi barrio, aún seguía vigente, nuevas caras se habían incorporado. El juego y el libertinaje, curiosamente, aún eran parte importante de nuestro modo de ser, vivíamos para ello. Por cosas del destino conocíamos de la mano de nuestro amigo ‘‘Pucho’’ la cultura hip hop, la cual marcaría el paradigma para leer nuestro contexto; descubriendo así, un lugar de enunciación que nos era propio, a saber, el del gueto criollo colombiano. Nuestros padres y vecinos no miraban con buenos ojos la cultura que habíamos abrazado, tan desconocida para ellos. En parte tenían razón, pero se equivocaban, dado que el rap no era ningún problema; sino que la rebeldía, característica común de esa edad, se había mezclado con el temprano consumo de drogas y ese es un tema de alerta, sin duda. Mas, nosotros, creo, habíamos sido tocados por una verdad profunda. Románticamente entendimos una premisa de la música rap ‘‘el hip hop puede cambiar vidas’’ y así, cándidamente, comezamos a creer que también cambiaría la nuestra.
Figura 3. Graso. (2022). Archivo de Google maps apropiado e intervenido digitalmente.
La gran mayoría recordará el 2012 como el año en el que se pronosticaba el fin del mundo, esto dado a que se creía que el fin del antiguo calendario mesoamericano marcaba el fin total de nuestra existencia. La fecha señalada era el 31 de diciembre. El aire de esos días era patéticamente abrumador, puesto que, creo, siempre quedaba la remota posibilidad de que dicha creencia escatológica fuese cierta. así que, el día anterior, sin tener ningún conocimiento previo, más que el que relataban las canciones de rap, tomamos la iniciativa de marcar, de dejar una huella, un vestigio de nuestro paso por este mundo, representada en un graffiti, ubicado en las paredes ya desgastadas y padecidas de nuestro lugar común: la cancha del barrio.
Para nuestra ‘‘sorpresa’’ el fin del mundo nunca llegó, pero sí la lluvia de críticas a raíz del graffiti que habíamos pintado. Ya el diablo de Kipling se había materializado en las palabras de nuestros vecinos, y escucharía, por primera vez, la frase azarosa de que ‘‘la pared y la muralla son el papel del canalla’’. De esta manera, ese gesto de pubertos había sembrado un precedente en el barrio dado que, a partir de eso, la cancha, tantas veces olvidada, volvió a ser tomada en cuenta, volvió a tomar vida, volvía a ser un lugar de encuentro, un lugar para el habitar. Tiempo después un político aventajado que se lanzaba a la alcaldía decidió poner atención a esos lugares que no le importaban más que para hacer campaña electoral y desconociendo la manera en que nosotros habíamos resignificado de manera inaugural nuestra cancha con graffitis (porque después vinieron muchos) decidió pintarlo de manera estandarizada y borrar todo lo que habíamos construido.
De las subidas y bajadas, del virar a la izquierda o a la derecha, o el de perdernos en un lugar diminuto, generamos un sentimiento entrañable a esas calles, a esas paredes grises con ladrillos mal pegados, o a ese horizonte verde que en nuestra mente de niños mirábamos lejano; pero que no era así, ya que a medida que crecíamos el barrio ya no era tanto una limitación geográfica. Cruzábamos la esquina y empezábamos a no estar determinados por límites. Así, entendíamos que el barrio no es sólo un espacio, sino lo que nosotros hicimos con él, el pensamiento que nació de él, los afectos que nacieron de él, los grafiteros, raperos, futbolistas, skaters y maestros que nacieron de él. En suma, el barrio es lo que construimos, y sobre todo, las relaciones que tejimos en el camino.
En ese espacio de casas de interés social la vida misma parecía estar contenida, lo malo estuvo a la orden del día; pero lo bueno, sin pensarlo, se nos presentó como una oportunidad para soñar y continuar siendo libres. Pintar esa primera pared de la cancha, era haber pintado todas las paredes del mundo, esperando intranquilamente los regaños y el castigo de la JAC. Pero ¿Hasta qué punto un joven necesita de una pizca de desviación? el espacio de ocio y libertinaje, una vez encontrado, fue necesario abrazarlo sin más, no teníamos mucho que perder más que el tiempo, más que unas témperas, y ese acto marcó la distancia que luego nos llevaría a movernos y pensarnos bajo lógicas distintas a las impuestas por la sociedad de consumo. Ahora, quizá, con la misma paranoia del 2012, seguimos marcando territorios, buscamos aun dejar huella en este presente en llamas. Entiéndanlo así: nuestros gestos rayan netamente lo simbólico no lo mercantil.
Por otra parte, el acto de acallamiento del político nunca será gratuito, pues se refiere a un pensamiento heredado que mira los barrios como estructuras modernas en las cuales el conjunto de bloques poligonales representa el hábitat específico del obrero. Concebido como un espacio que cumple con características claras de homogeneización, fragmentación y jerarquización. En esos espacios segmentados y predispuestos lo que se intenta dejar atrás son las prácticas endógenas de las comunidades y todo intento de echar raíces fuertes a los territorios, en aras del proyecto modernizador. Por ello, los urbanistas, planificadores y gobiernos de turno prefieren crear una ciudad para mostrar por medio de la pintura; resulta paradójico, pues esta clase de pintas con altos presupuestos no están pensadas en las personas de los barrios donde se intervendrá, de hecho se anula su rastro en pro de una estetización de la ciudad. En últimas, cuando el político se apropia de la imagen de las zonas periféricas y olvidadas lo hace pensando en propiciar ciudades para los turistas, no para los ciudadanos. Con lo cual, como bien muestra Micky Vainilla ‘‘se busca hacer más digerible la pobreza’’.
Los años que siguieron transcurrieron de manera intransigente. Se había mezclado a nuestros días un olor a asfalto de los kilómetros que pasábamos patinando; al igual que un olor a plomo de pintura, producto de los vinilos y aerosoles que ahora tintineaban con nuestro andar. Para ese tiempo, y contra todos los consejos, nuestra vida e identidades se habían desarrollado en las aceras de nuestra ciudad rodeados de aventuras suburbanas y vicios callejeros. Por otra parte, nadie habría podido ni siquiera imaginar los sucesos del 2020 a raíz de la pandemia. El confinamiento nos había regalado escenas que rayaban lo apocalíptico. En lo poco que podíamos salir se miraban calles y espacios totalmente desolados. Pasados unos meses la inquietud por volver a habitar los lugares y propiciar el encuentro entre amigos o compañeros hacía parte de nuestras necesidades inmediatas. Tras distintas exploraciones por encontrar algún paraje en el cual no nos ganáramos un comparendo policial, unos amigos se habían fijado en una extensa casa-parador, derruida por el tiempo y la mala administración, situada, justamente, un poco más arriba de la icónica Iglesia de las Lajas. Conmocionados por sus vastas paredes descuidadas, la comunidad de graffiteros y artistas locales empezamos con sospecha, temor y frío en la nuca (algo común en el graffiti) a intervenir en ese lugar. Reflexionando tiempo después le escribía a mi amigo Zula Nova:
‘‘Ese fue un espacio de resistencia por medio del arte. No quiero caer en un lugar común, pero pensemos el ámbito en el cual se desarrolló, que no es otro que el contexto colombiano; siendo este, particularmente, un escenario marcado por la guerra, lo cual es problemático, ya que directa o indirectamente, nuestras miradas e imaginarios están marcados por esa situación. Recuerdo que, cuando empezó el proyecto había sucedido la masacre en Samaniego, que queda a 2 horas de Ipiales, eso me tenía bastante consternado -yo creo que todos de alguna manera pensábamos en eso- a esos jóvenes les arrebataron la vida, sus sueños y nosotros estábamos ahí, intentando armar nuestra ‘‘trinchera artística’’, buscando un espacio en el cual las personas pudieran descansar de esa cruda realidad. También buscábamos, de cierta manera, reconstruirnos del dolor, dejar huella por si alguna vez corríamos con la misma suerte. Así pues, espacios como estos son, antes que nada, reivindicativos dado que se gesta una voz (que sé, por todo lo que sucedió con el proyecto mismo de la casa) que hace eco en las personas’’.
Figura 4. Graso (2022). Archivo de internet apropiado e intervenido digitalmente.
Lo cierto es que pasado un tiempo el temblor inicial había sido diluido entre los tantos octavos, cuartos, medios, galones y cuñetes de vinilo que poco a poco fueron llegando a ese lugar , y sobre todo, y más importante, no llegaron solos, pues se había corrido el rumor entre los jóvenes de lo que estaba ocurriendo y la invitación era ya abierta para todos: ‘‘caiga y párchese’’ ‘‘habite y construya’’ y lo que parecía nuestro lugar privilegiado de escape y pintura paso a ser un lugar de encuentro colectivo para la ciudad. Así, la ruta del bus a Saguaran pasó de tener 2 o 3 feligreses a estar llena de parches de jóvenes que se dirigían a la casa. Sin saberlo, empezábamos a configurar, con la presencia de todos, la identidad de ‘‘La Casa de los Trazos’’ como sería bautizada. Y así, sin precedentes, los jóvenes de Ipiales en una ciudad con muy pocas posibilidades y una nula oferta cultural, gestionamos fuera del estado, las instituciones y la academia varias actividades como talleres de pintura, música, literatura, arquitectura, exposiciones, espacios para deportes extremos, un festival binacional de rap y le dimos un sentido pertenecía a ese lugar; habitando así, por ese tiempo, lo que otrora fue inhabitable.
Las formas de actuar de las instituciones y lo ‘‘jurídicamente legal’’ siempre serán perversas. La Casa de los Trazos fue un lugar anodino y abandonado por mucho tiempo, y dado el gran rumor que significó el proyecto que gestaron los jóvenes ipialeños, una empresa mixta habría de reclamar el espacio como suyo, y, sin mayor mediación, cual perro del Hortelano, que ni come ni deja comer, cercaron con alambre de púas todas sus entradas, censuraron los graffitis y murales que se habían pintado, y volvieron prohibida nuestra presencia en ese lugar. Haciendo que, el habitar se vuelva, una vez más, peligroso y subversivo.
Figura 5. Graso (2022). Archivo de internet apropiado e intervenido digitalmente.
En otros tiempos, quizá más contradictorios, el filósofo francés Henri Lefebvre, comenzaba a reflexionar bajo una teoría marxista sobre esa unidad primigenia que es el espacio. Situado en mayo del 68, y siendo testigo de la avasalladora transición urbana que atravesaba su país, Lefebvre llamaba a escribir las historias de los espacios locales que muy poco interesan por su carácter prosaico. Hoy quizá cumplimos desde nuestro barrio, desde nuestra ‘‘trinchera artística’’, con ese llamado. Vagando, una vez más, por las calles para darle forma a esa cotidianidad de gamines pintores que se comprometen con la producción social de su espacio.
Ahora bien, según Lefebvre el momento en el que vivimos se encuentra marcado por una dialéctica del urbanismo. En donde las ciudades se comienzan a construir en base a una lógica de dominación. Dicha lógica es propiciada por el estado, y protege los intereses del capitalismo, en tanto el espacio es concebido como una herramienta mercantil y tecnocrática que ha sido separada de todo contenido social, y que por ello puede ser convertida sin mayor dilación en producto intercambiable y vendible. Sin embargo, cuando este deja de tener un valor de cambio, el producto no se abastece por sí solo, y los espacios y construcciones salen de la especulación del mercado, pasando a convertirse en lugares anodinos sin más mediaciones. Es así, como se entiende el espacio no solamente como mercancía, sino también como espacio instrumental. Como por ejemplo, el inmueble de la Casa de los Trazos que abrigaba, según su derruido aviso, un parador turístico; este seguramente fue una idea de negocio que no había florecido. Perdido el carácter de producto intercambiable, y al no tener más posibilidades, había pasado a ser un lugar abandonado.
Por otra parte, existe una lógica de la apropiación social del espacio, que según Emilio Martínez, en su introducción a Lefebvre, es ‘‘regida por una racionalidad urbana embrionaria que pugna por recuperar el sentido pleno de la obra’’ ( Lefebvre, 2013, introducción p.42) dicha racionalidad es fruto de la interpretación de la ciudad que está lejos de las directrices y obligaciones; y, que más bien se asimila a la forma en que de niños recorremos el barrio, no de abajo a arriba o de izquierda a derecha, sino buscando nuevas intersecciones y yuxtaposiciones libres que propicien estados como los del juego o el regocijo. En este sentido, como ya he señalado, el barrio se nos había expandido; la misma edad nos permitía seguir nuestra deriva por calles que no conocíamos, y esto iba en expansión. Así, nuestros recorridos habían sido más intensos cuando conocimos el skate, ya que nos mostraba los espacios bajo un aprovechamiento distinto, a saber, spots superables con ollies, grinds y flips. Lo anterior, pone en evidencia que la disputa se presenta entre la mirada de un espacio funcional contra un espacio que desborda aspiraciones. Aspiraciones de los anhelos, en todo caso, como los muchos que teníamos de niños; de lo lúdico, o del regocijo ante un mundo totalmente serio y disciplinado; y, de lo simbólico, como los códigos y relaciones sociales que creamos a través de nuestro viaje.
Notas
Este proyecto de investigación-creación busca abordar la práctica del graffiti en relación a su potencial expresivo y social. De esta manera se espera articular una reflexión que permita comprender y mostrar el carácter inaugural que tiene un graffiti una vez se ha instalado y, posteriormente, ha interrumpido en el espacio visual. De este modo, las fijaciones sobre las que se detendrá el proyecto serán, por un lado, el soporte del mensaje y no el contenido de este, ni tampoco características de tipo formal; entendido lo anterior en el sentido de que el análisis de la investigación girará alrededor del espacio, el contexto y el proceso del graffiti categorizadas como facultades dinámicas que permiten el ejercicio hermenéutico por parte del espectador. Y , por el otro lado, la investigación indaga sobre los sujetos creadores y co-creadores de la práctica del graffiti en tanto, su mayoría, provienen de una tradición obrera, que hoy en día han asumido un rol central en cómo las ciudades son físicamente intervenidas e imaginadas, dejando atrás su carácter de homo faber, netamente funcional, para abrirse paso a la deliberación política dentro de la esfera pública.
Referencias
Lefebvre, H. (Introducción de Martínez, E.). (2013). La producción del espacio. Capitán Swing Libros, S.L.
Estudiante Maestría en Artes | Universidad de Caldas | nisdanis.11615325@ucaldas.edu.co
Figura 1. Nisdanis Contreras. Sin título. [Agua fuerte]. Cortesía de la artista. [1]
¿Má, dónde está mi ombligo?
¿Lo enterraron?
No nací sola, compartí el útero de mi madre con otro Ser, que venía también a experimentar y conocer este mundo, pero su tiempo fue corto, demasiado, al mes después del nacimiento soltó mi mano y se fue al más allá. Era aparentemente el más sano, con muchas más posibilidades de desarrollarse. Sentí partir con él, dejé de alimentarme, me enfermaba constantemente y mi hermano desde donde se encontraba, me llamaba. Cuenta mi madre que varias noches se manifestó tirando mis cosas (ropa, zapatos,) de la repisa. Por lo cual decidieron, traer un pastor para que mediante la oración ayudara a guiarlo hacia el paraíso y me soltara para poder vivir. Me vestían de rojo, colocaban amuletos en mis manos y pies, me bañaban con ramas medicinales, con agua bendita, con tal de mantenerme en este mundo. Mi madre oraba ante su Dios por mí, día y noche suplicaba un milagro. Cuenta que un día entre la vigilia y el sueño Dios le habló y la consoló por su angustia y le dijo que todo estaría bien, que no se preocupara que su bebé crecería y además que tendría otro. Milagrosamente empecé a recuperarme y crecer.
Figura 2. Nisdanis Contreras. Orquídea. [Fotografía]. Cortesía de la artista
Tuve el privilegio de nacer en el campo rodeada de vegetación, de naturaleza, en mis primeros años ellos fueron mis maestros y amigos, entre el juego y la contemplación. En la infancia nos sentimos uno con la naturaleza, la tierra, el agua, las plantas, los animales, creamos un gran vínculo primitivo que constituye nuestro mundo. Por múltiples situaciones familiares me apartaron de mi hogar, hogar que era mi todo y que desde entonces busco con ansias, suelo decir en ocasiones que no pertenezco a ningún lugar aun así en mis sueños y procesos inconscientes reclamo un hogar o lugar propio, siento una sensación de separación y vacío interno. Que me lleva a indagar y cuestionar la existencia. Hace algún tiempo dialogué con el libro de Erich Fromn El arte de amar y encontré las siguientes palabras: «El hombre –de todas las edades y culturas– enfrenta la solución a un problema que es siempre el mismo: el problema de cómo superar la separatividad, cómo lograr la unión, cómo trascender la propia vida individual y encontrar compensación» (Fromm, 1956, p. 14).
El problema es el mismo para todos, nos dice Fromm, puesto que surge del mismo lugar: las situaciones y condiciones de la existencia humana. La respuesta a los acontecimientos varía, estas dependen del grado de individualización alcanzado por cada uno de nosotros. En nuestros tiempos podríamos nombrar algunas de esas soluciones para superar la separatividad que nos envuelve. Tales como el consumismo, el materialismo, el trabajo obsesivo, el amor a Dios o al hombre etc. ¿Pueden estas soluciones llenan o dan respuesta al estado de separación que sentimos? La respuesta a esta pregunta es diversa.
En mi caso, busco respuestas desde el arte y sus múltiples formas de expresión. Es desde este campo que siento indagar, cuestionar y enunciar mi existencia. Sembrando mí centro cósmico es un proyecto que nace de la necesidad de habitar un lugar, de crear lazos simbólicos con un territorio, partiendo de la narrativa “el ombligo enterrado”. Víctor Negrete B. escribió para el periódico el tiempo hace ya algunos años una nota que se llama Voy a desenterrar mi ombligo donde nos cuenta una de las tantas narraciones que tiene Colombia acerca del ombligo enterrado.
Del ombligo cuentan, por ejemplo, que una vez desprendida la última porción del cordón umbilical los padres la guardan y entregaban al hijo o a la hija con capacidad de decisión acompañada de las siguientes instrucciones: si quieres ser navegante arrójala al mar o en el río; si anhelas la libertad de los pájaros, lánzala al viento con los ojos cerrados; si buscas la sensibilidad del arte, ofrécela al arcoiris después de la lluvia; si te entusiasma la creación de las cosas, llévala a un campo fértil; si deseas obtener el coraje y humildad de los sabios y justos, consérvala en tu mano sin hablar una noche de invierno; si aspiras a ser amada siempre, déjala caer en un jardín florecido; si ansías ser viajero incansable y regresar a morir donde naciste, entiérrala superficialmente o profundamente en caso de pretender permanecer en el pueblo la mayor parte de tu vida. (Negrete, 1995)
En mi caso, muy particular mis padres decidieron conservarlo, mi abuela les indicó que el ombligo de la hija debía de permanecer con el padre y el del hijo debía estar con la madre, esta pequeña porción del cordón les traería muy buena suerte. No fue enterrado por miedo, temían que si lo enterraban jamás saldríamos del pueblo a conocer el mundo.
Figura 3. Nisdanis Contreras. Ombligo. [Fotografía]. Cortesía de la artista
Mi ombligo no duró mucho en las manos de mi padre, me cuentan que, en una de sus parrandas, perdió su billetera con mi ombligo dentro. Me sentí triste por un momento imaginaba que este estaba sembrado en el fogón o debajo de la ceiba, del palo de mango, de guayaba, de naranja, o en el palo de coco. Sin embargo, esa no es la historia, mi ombligo está perdido y es intrigante, mágico y misterioso, permitiéndome crear diferentes narrativas en este proceso de búsqueda.
Crecí entre historias, relatos mágicos, fantásticos, mitos, cosmovisiones, supersticiones etc. Recuerdo de niña estar con los ojos brotados, la boca abierta y muy atenta cuando escuchaba a un adulto hablar sobre brujas, duendes, perros negros con aliento de fuego, mal de ojo, maleficios etc. Hablaban también de las contras o remedios de plantas para estos males. Por lo cual me apasionan estos temas.
Ana Mendieta fue el primer referente que me recomendaron cuando expresé que mis procesos artísticos estaban encaminados hacia las relaciones que entablamos con la naturaleza. El término que ella utilizaba para referirse a estas acciones es “cuerpo de tierra” donde incorporaba la silueta y la huella de su cuerpo al paisaje natural.
Mendieta era cubana, a los 12 años fue exiliada en Estados Unidos, donde se sentía fuera de lugar, esto le generaba conflictos o dudas acerca de su identidad, lo que la llevó a ser más consciente de su descendencia, de que era una mujer con antepasados de raza negra. Todos estos conflictos internos se ven reflejados en sus procesos artísticos y la llevan también reflexionar alrededor del concepto de territorialidad. Tuvo una gran admiración por el trabajo de la antropóloga Lydia Cabrera y su indagación en la cultura afrocubana, de ella toma una profunda espiritualidad y la voluntad de Crear obras híbridas que entretejen cuerpo, ritual y naturaleza.
Mendieta en una ocasión expreso: «La creación de mi silueta en la naturaleza guarda la transición entre mi tierra natal y mi nuevo hogar (…) Es una forma de reclamar mis raíces y volverme una con la naturaleza. Aunque la cultura en la que vivo es parte de mí, mis raíces y mi identidad cultural son resultado de mi herencia cubana» (Cit Fusco, 2000, p. 131). Mendieta trabajo al aire libre, en lugares apartados de la ciudad, experimentando con materiales orgánicos, barro, hojas, musgo, flores, fuego, agua, sangre etc. El cuerpo era su lugar de enunciación y exposición. Con estos materiales creaba metamorfosis, transformaciones, una especie de camuflaje que la vinculaba íntimamente con el espacio y la naturaleza.
Guiterre Tibon en sus libros La tríade prenatal (cordón, placenta, amnios) y el ombligo como centro cósmico nos narra historias, cuentos, creencias, tabúes acerca del ombligo y como este se vincula a un sinnúmero de conceptos mágicos y místicos, esa pequeña porción del cordón umbilical que nos vincula íntimamente con lo celestial y terrenal. Se pregunta ¿Cómo nació, en el curso de los milenios, entre todos los hombres, el concepto de que el muñón umbilical es el doble del ser humano, su otro yo, el receptáculo de la mitad de su alma, y que el destino de la criatura está estrechamente ligado con el de su ombligo? Partiendo de estas narrativas me pregunto ¿Dónde está mi ombligo? Desde pedacitos de memorias, objetos y sensaciones construyo mi raíz, desde la presencia, para volver a sentirme perteneciente. Se dice que cada persona vive en su mundo, este está determinado por la cultura, los acontecimientos significativos, los gustos, deseos, pasiones etc. Mi mundo es amorfo, lo he ido construyendo con experiencias lúcidas o en estados alterados de conciencia. Disfruto el mundo que me rodea, interactúo con él desde impresiones sensoriales y sensaciones internas. Estamos viviendo en una época de velocidad y ruido que nos encamina a un desarraigo individual y colectivo. Las experiencias profundas y significativas son cada vez menos. Por tal situación me he inclinado por procesos artísticos que entretejen narraciones para crear comunidad entre seres humanos y no humanos.
Notas
[1] Sobre el aguafuerte de Nisdanis contreras, Hugo A. Ladino Lasso escribió: “La imagen me sugiere un retorno, un retorno a la tierra, a las raíces que se comparten con la naturaleza y lo sagrado (a la pacha mama dirían algunos). El cuerpo femenino en contacto con lo ancestral, un encuentro que se gesta en compañía de la sabiduría del ayer en representación del chamán, conocimientos que siguen vigentes y con total legitimidad. Una mujer que se despliega con tranquilad y confianza sobre el suelo como si fuera un viejo conocido al que no hay que temerle, porque en él puede encontrar diferentes tipos de experiencias sensoriales, afectivas y de reunión consigo misma. Me suscita una tranquilidad manifestada de manera visual en la mujer que está acostada, una tranquilidad que se asume, no puede ser suspendida ni por el entorno en el que se encuentra ni por mandato de otro”.
Referencias
Coco Fusco. (ed.). (2000). Corpus Delecti: Performance Art of the Americas. Londres: Routledge.
Estudiante Artes Plásticas| Universidad de Caldas | yessica.11819543@ucaldas.edu.co
Se ha dicho mucho sobre cuánto cobrar por un trabajo en el campo de las artes: infinidad de artículos, calculadoras, guías, podcast, videos e instructivos explican formas “adecuadas” de fijar precios. Porque sí, cuando estás iniciando en el mundo del arte y eres inexperto probablemente te dejes engañar, o al menos eso es lo que nos han hecho creer cuando nos dicen: “Empezando toca así”; por “empezando” se refieren a: “Hasta que consigas reconocimiento en el circuito o, como mínimo, miles de followers y logres que tu firma tenga un peso y una cifra, todo ello sin estar ligeramente muerto porque, claro, ¡hay que romper la norma y ser artistas vivos bien cotizados!”. La realidad es que no existe una receta infalible que te dé el valor exacto de tu trabajo y te exonere del tenso momento en el que un cliente te pregunta: “¿Y eso cuánto me costaría?”. La única certeza es que debemos aprender a darle un valor monetario a lo que hacemos y no torturarnos pensando si la venta de nuestra obra, resultado de horas de trabajo, insomnio y hasta de momentos de crisis, terminará siendo más rentable para el cliente que para nosotros mismos.
Y es que pareciese que los artistas estamos condenados a vivir del incómodo ejercicio del comercio o a convertirnos en sabuesos de las convocatorias. En las que muchas veces ni siquiera participamos por temor a enfrentarnos a la evaluación y selección de un jurado o por quedarnos a la espera de una opción que se amolde completamente a nuestras obras, cosa que, por naturaleza, nunca termina apareciendo; como si se tratase de un lago lleno de peces que intentan, desesperados, atrapar la carnada antes que el resto.
Ahora bien, es necesario saber cuándo lanzarse por una oportunidad y cuándo no, dado que es muy común que se te propongan condiciones absurdas para exponer en un espacio o que no se te brinde ningún tipo de apoyo para el desarrollo y montaje de tus piezas. También es importante identificar a los pescadores magnates, dueños de los medios, que lo único que hacen es quedarse con una tajada del dinero generado por ti, dejándote con la suma justa para producir obra o pagar dos meses de alquiler.
Recuerdo que en la clase de Creación y Economía tocamos un tema bastante controversial: el cómo algunos artistas compran sus propias obras en las subastas para inflar su precio. Uno de los casos más sonados es el de la calavera de platino incrustada de diamantes, For The Love of God, del inglés Damien Hirst, quien “compró” de manera anónima la pieza con la esperanza de que así aumentase su valor ¡Imagínate tener que volverte un maestro del engaño para que las galerías quieran financiar o comprar tu obra! Hacer parte de los grandes nombres del circuito del arte ni siquiera asegura que puedas encontrar a un pescador dispuesto a financiar tu trabajo.
Otra inquietud constante es el cómo hacer que nuestras obras sean comerciales. Porque sí, como artistas debemos sentirnos conformes y a gusto con nuestras creaciones, hallándole el sentido a todo lo que hacemos, indagando conceptualmente en cada acción que realizamos a la hora de crear; pero en la mayoría de ocasiones esto no es motivo suficiente para que alguien desee comprar piezas de nuestra autoría, incluso aunque estas lleguen a sensibilizarle o sorprenderle. El problema es entonces que la idea de hacer más atractivo nuestro arte para los consumidores termina condicionándonos por completo a la hora de crear; como un pez que, en búsqueda de obtener alimento, prepara su mejor y más rápido movimiento.
Entonces… ¿Cómo vivir del arte?
Mientras más busco la respuesta, más creo que no existe una única solución pero, eso sí, he asimilado muchas cosas por el camino. Aprendí que los artistas podemos ser emprendedores, directores de arte, diseñadores, docentes, críticos, gestores culturales, mediadores y muchas cosas más que involucran conocimientos artísticos y el oficio de crear desde la plástica, siendo todos completamente válidos y ninguno ni más ni menos importante que el otro: el poder vivir del arte es, en sí mismo, un premio que en conjunto comparten. Entendí que hay que combatir la idea de que los artistas somos bohemios solitarios: infinitas conexiones, colectivos y tejidos comunitarios resultan de afectos entre individuos que, desde un lugar común, se juntan para crear y apostarle a su oficio, configurando el entramado de una red gigante que puede darle alimento no sólo a un pez sino a cientos de ellos.
Confío en que encontraré más respuestas después de egresada de mi carrera de artes, al ponerme en los zapatos de mis maestros y colegas que viven de lo que aman y no han muerto en el intento, personas talentosas que disfrutan lo que hacen, que conocen el valor que tienen como artistas y no le temen a cobrar por su trabajo. Sé que vivir del arte no será fácil y por suerte mi familia me lo dijo desde el principio, pero también creo que nadie me lo enseñó más duramente que la academia.
Este no es otro artículo sobre cuánto cobrar por tu obra: sólo es un texto que ofrece un panorama del vasto océano que es el circuito del arte, lleno de peces-artistas que están igual que tú, trabajando duro para convertirse en un marlín negro.
Estudiante Maestría en Artes | Universidad de Caldas | sebastian.marin33143@ucaldas.edu.co
Figura 1. Marín, Sebastián. (2022). Estudio de obra. [Fotografía]. Armenia: cortesía del artista.
“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana de su inquieto sueño,
se encontró en la cama, convertido en un insecto gigante”.
Franz Kafka, La metamorfosis
Hace unos días me preguntaba en qué momento había surgido esa idea de ubicar el televisor frente al comedor, llegué a la conclusión de que los medios de comunicación, especialmente el televisor, habían sido tan inteligentes en transmitir en ese preciso momento donde quizá todo un país tenía ocupado el único medio natural para gritar y protestar… la boca. En la mañana al momento del desayuno, al mediodía en el almuerzo y en la noche la comida, en estas tres franjas se repite la información del noticiero, es la forma cercana que por décadas han informado a gran parte de la población que no vive en carne propia el conflicto armado de su tierra. Es sesgada la imagen y opinión, la influencia política, posturas políticas de izquierda o derecha. [1]
En mi casa es igual, el televisor está frente al comedor, también es un elemento impuesto por parte de mi padre. Mi papá es retirado de la policía y siempre ha marcado esa imagen fuerte en cuanto a la familia, él se sienta en la esquina principal de la mesa, configurando el espacio como una zona de poder. Al momento de almorzar, la configuración del espacio gira en torno al comedor y al televisor, mi papá exige un silencio que solo puede romper él para dar su opinión al respecto.
En una de esas tardes, soy yo quien rompe el silencio y le pregunto si en algún momento de su trabajo había llegado a matar a alguien, el me responde:
-En los operativos se disparaba mucho.
-Me imagino que en algún momento, alguna bala le tuvo que haber llegado a alguien.
Mi madre fue la voz de la ausencia de mi padre, ella era quien narraba lo que él era, las veces que no llegaba a casa. En alguna ocasión nos contó que recibió muy tarde en la noche una llamada de los compañeros de mi papá, le explican que el sargento iba a llegar muy nervioso, que prepare mucha comida. Esa noche temblando, sudando y muy callado llegó a casa. Años después nos dimos cuenta que esa noche en un operativo la camioneta panel que iba manejando junto a sus otros compañero se estrelló contra un vehículo que iban persiguiendo, una varilla entra por el parabrisas de la panel y se introduce en uno de los cuellos de los compañeros, mi papá es quien ve como mueren uno de ellos y esta era la razón por la que llegó en ese estado esa noche.
Tuvo que pasar el tiempo para que mi papá compartiera su vida. Recuerda el Quindío a finales de los 90 y principios de los 2000 como una zona caliente de narcotráfico y delincuencia, le volví preguntar si él en algún momento había matado a alguien, me vuelve a responder con la misma afirmación.
-Me imagino que en algún momento, alguna bala le tuvo que haber llegado a alguien.
Estas narrativas que surgen en mi familia, un pequeño fragmento de sociedad, las pongo en discusión con el afuera, qué sucede con los otros cuerpos que les llega su bala, la forma en que se dispara esa bala a partir de la palabra, el grito, la fuerza, la arma de fuego o la arma blanca. Para el 2021, año de uno de los estallidos más grandes del país, observé como los pelados de mi edad de diferentes ciudades, mis compañeros, iban apareciendo muertos, heridos o en el comando de la policía, por otra parte también veía a los compañeros de mi papá golpeados y violentados. Aun así, detrás de esa ropa, los tapabocas humedecidos y los uniformes, somos la misma clase de peones que nos mandan a la guerra, a estar en esa primera línea, desde las alturas nos observan y festejan como nos matamos, como si fuera un campo de batalla, nosotras y nosotros unos gallos de pelea.
Hay una época en el año en donde hay muchas moscas, a mi papá le molesta que se posen sobre la comida, la ropa, la silla o lo interrumpan mientras ve sus noticias. Disfruta tomando un trapo de la cocina o con la palma de sus manos y con la suficiente fuerza mata las moscas una por una. Ver a mi padre matar las moscas, me lleva a relacionar cada una de sus acciones con la forma en la que matan sistemáticamente fuera de mi casa. Nosotras y nosotros somos moscas, aparecemos muertas y muertos, estorbamos, molestamos o como sucedió al principio de la pandemia SIDA, transmitimos enfermedades. Encuentro una relación a través de la facilidad en que se mata una mosca y se mata a alguien en la calle. Esto me lleva a preguntarme ¿Cuál fue la violencia que me ha tocado vivir a mí?
Figura 2. Marín, Sebastián. (2022). Estudio de obra. [Fotografía]. Armenia: cortesía del artista.
(Re) memorizar me lleva a un acto de volver hacia atrás, de tomar las pocas imágenes difusas de mi padre, acoplarlas y volver a encontrar la narrativa en donde se ubica la violencia. Este recuerdo me sitúa en la casa, especialmente en el comedor, cuando se debía callar para que mi padre pudiera observar las noticias. También está la cocina, el lugar a donde el cuerpo de la mujer es condenado, pues está obligada a la acción de cuidado, también se evidencia un vacío, el de mi padre cuando no está, la necesidad de dinero y de trabajo, lo ha obligado a vivir lejos, al no estar, a ser una ausencia presente en los relatos de mi madre. Finalmente, mi condición de volteado, el nacer en una familia de creencias religiosas y educación militar.
Entiendo que estos factores van ligados a hechos repetitivos, pues mis abuelos también se vieron alejados de sus familias por la necesidad de dinero. Mis tías solo fueron enseñadas a ser madres ¿Acaso la tradición es un factor que denote la violencia en casa?
Según la RAE se entiende por tradición como “Transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación” (RAE, 2022) con esto podría decir que, las dinámicas que suceden en casas, la idea de darle un género a los espacios (es el caso de la cocina como lugar femenino y la cabecera de la mesa como lugar masculino) permiten identificar los rasgos de tradición que están implícitas en mi familia y que han sido enseñados de generación en generación. Por otra parte, teniendo en cuenta esta idea, también identifico estos hechos en la literatura, como es en el caso de La Metamorfosis de Franz Kafka. Gregorio al levantarse una mañana y encontrar su cuerpo convertido en un insecto, detonada una serie de preocupaciones que le imposibilitan seguir siendo ese hombre tradicional que llega puntual al tren, llega al trabajo, y consigue el dinero suficiente para mantener a su familia. La violencia que ejerce su madre, padre y hermana al ver en la inutilidad en la que se ha convertido su hijo y su hermano, “este animal nos persigue, espanta a los inquilinos, quiere apoderarse de toda la casa. Al final todos nosotros dormiremos en la calle” (Kafka, 2000 p.71). En este fragmento muestran a Gregorio como el gran responsable de sus problemas y su familia lo condena al repudio y a la periferia de la casa.
Walter Bejamin para 1938 realiza una carta dirigida a Gerhard Scholem titulada A propósito de Kafka, se encuentra una mirada profunda sobre la obra propuesta por Franz, Benjamin pone en discusión la categoría de la modernidad, se evidencia la intensión que tiene Kafka en apartarse de una postura romántica de la era moderna que estaba siendo obligada a seguir: “La obra Kafkiana expone una enfermedad por la tradición. En ocasiones se ha querido definir la sabiduría como el lado épico de la verdad. Con ello que la sabiduría se caracteriza como un bien tradicional” (Bejamin, 2011, p.58). Benjamin al opinar sobre Kafka, hace una invitación al nombrar la sabiduría como un bien establecido, como el ideal a seguir, como la norma de una sociedad. Es por esto el cuestionamiento de Kafka al convertir a Gregorio en un insecto, convertirlo en una cosa que se aparta de ese ideal de vida, es en este caso a donde encontramos a Gregorio siendo violentado por su familia, pues ya no es útil para ellos. Por otra parte, encontramos la imagen del Gregorio antes de su transformación, ese que estaba en una constante agitación, llegar puntual, tener trabajo y llevar dinero ¿Acaso son estas mismas preocupaciones las que vivimos en la sociedad hoy? Es por esto que la tradición es un factor que detona hechos de violencia en la casa. Como en el caso de Gregorio y en el de mi familia, las dos narrativas han dispuesto escenarios de conflicto que han sido detonadas por una tradición. La tradición sistemática de la muerte que sucede afuera, como si fueran moscas en casa, posadas sobre un plato, persiguiéndolas para matarlas; el vacío de un padre por no estar, ir a buscar el dinero para sobre(vivir); la condena a una madre a la cocina, a los trabajos del hogar y al cuidado de una familia; y la condición de un hijo marica que no responde, ni responderá a una tradición del (ser) familia.
Figura 3. Marín, Sebastián. (2022). Estudio de obra. [Fotografía]. Armenia: cortesía del artista.
Notas
[1] El interés de este proyecto surgió en medio de un estallido social. De estar frente a un televisor viendo noticias politizadas, opinando sobre la muerte de personas y nombrando a los culpables a su propio beneficio. Luego estaban las redes sociales, los live de instagram de mis amigos, viendo como llegaba la policía o civiles y les hacían daño, muerte y desaparición de muchos y muchas de mi edad. Luego estaba la imagen de mi padre, un hombre que fue policía y también le dolía la muerte de sus iguales. Entonces entendí que la muerte en el campo, en los barrios o las universidades, no era de buenos o malos o de quienes vestían de verde oliva o quienes taparon su cara con capuchas, sino de quienes tenían el control y veían al pueblo como un ejército de peones. Esto me hace preguntarme sobre ¿Qué violencia me había tocado vivir a mí? Ya sea adentro o afuera, pública o privada, el sentir y el resistir dejó de ser de importancia para este tiempo en donde vamos a mil por hora. La fragilidad del cuerpo que aguanta está opacada por una serie de dinámicas que se repiten año tras año, una tradición que detona una violencia. Mi espacio es mi casa, un lugar que es un todo, una buhardilla, un sótano, una habitación. Mi casa es muy pequeña, sus paredes difusas y mi barrio termina siendo una gran casa. Un nido de moscas, en donde nacemos moscas, un insecto frágil y sin importancia, fácil de matar y espantar ¿De qué manera se mata esa mosca?
Referencias
Kafka, F. (2011). Un artista del hambre o el peso del arte (R. Albé, Trans.). Casimiro.
Kafka, F. (2000). La metamorfosis . Editorial Sol 90.
Real Académica de la Lengua Española. (2022, November 4). Tradición. Diccionario de la lengua española. Tomado en noviebre 6, 2022, de. https://dle.rae.es/tradici%C3%B3n