CARTA PARA AMELIA

Letter to Amelia

Por: Moises Campo Elías Coral Ceballos (Moshe)

 Estudiante de Artes Plásticas y Derecho | Universidad de Caldas |  moises.coral4376@ucaldas.edu.co

Figura 1. Casimblanco, Laura, (2025). Sin título (Dibujo). Manizales. Cortesía de la artista.

Querida Amelia:

Espero que todo en tu vida esté marchando bien, que tu estancia en el hospital esta vez no sea larga y que pronto puedas venir a casa. Te cuento que por aquí todo está muy bien; el trabajo es pesado y casi no puedo dormir bien por el verano, pero los vecinos siempre son buenos. Esta tarde, la señora Luz me invitó a comer, había preparado una sopita tan buena como la que hacía la abuela.

No he dejado de pensar en la abuela, justo la recordé tanto como para escribirte esta carta después de mucho tiempo. Y sí, me acordé de la silla, de su silla de planchar. 

¿Recuerdas? Esa tarde previa a navidad, cuando jugábamos a ir de vacaciones a conocer el mar y surfeábamos en esa silla, una ola imaginaria nos tiró al piso y su silla de planchar terminó con una pata menos de las que antes tenía.

Me acordé de nuestra alcancía, en la que guardamos por meses esas monedas que de vez en cuando nos daba la abuela; monedas que no alcanzaba para comprar una silla nueva, pero nos ayudaría a que don José, el artesano del pueblo pudiera, como por arte de magia, devolverle la pata a esa pobre silla siniestrada. 

Esa tarde corrimos con la silla en hombros atravesando el pueblo hasta el taller de don José. Al llegar, un hombre de edad nos saludó; sentado en su mecedora bromeó sobre el paciente que traíamos en hombros, diciendo que si era un carro el que nos había atropellado debíamos esperar a la policía. Explicamos que era un objeto preciado para mi abuela y que si la vía así, nos dañaría profundamente su tristeza. Recuerdo tanto que le rogamos que jamás le contara lo sucedido y, con un tono jocoso, él prometió que se llevaría el secreto a la tumba y que la silla quedaría mejor que antes.

Era un 24 de diciembre y, como siempre, las familias del pueblo se reunían a celebrarlo. Nosotros dos, con la abuela, íbamos a la casa de la vecina a rezar y cantar villancicos, pero esa noche unos tiros alertaron a todos y nos obligaron a quedarnos en casa. Al día siguiente se rumoreaba que eran guerrilleros; otros decían que eran paracos, pero lo cierto es que ese 25 de diciembre el niño dios en vez de traernos algo, se había llevado algo de nosotros.

Cuando escuché que fue en casa de don José, sentí que debía recuperar la silla. ¿Recuerdas que me escapé de mi abuela esa tarde? El pueblo era pequeño y, cruzando el río, podía llegar al patio trasero de la casa de don José, así que corrí hasta allí. Grité su nombre, pero nunca contestó. La silla seguro seguía en su taller, me dije, mientras pensaba que la abuela iba a estar muy triste si perdía su silla, pero don José muy diligente ya la había arreglado. Emocionado, no dudé dos veces en tomarla y dejar sobre la mesa todas las monedas que había sacado de nuestra alcancía. Yo estaba feliz.

Llegué a la casa, dejé la silla en la salita y corrí a verte, estabas con la abuela, recuerdo ver que ambas lloraban, pensé habías caído en la presión y habías confesado nuestro crimen, pero al abrazar a la abuela para decirle que viniera a revisar la silla, miré a la calle y supe que la conmoción era por otra cosa.

Don José había cumplido su palabra, la silla estaba perfecta, y si, se había llevado el secreto a la tumba.

Referencias

Molano, A. (2001). Desterrados, crónicas del desarraigo. Bogotá: Áncora Editores.

Cómo citar:

Campo, M. (2024). Carta para Amelia. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/11/21/carta-para-amelia/

Fecha de recibido: 28 de Octubre de 2025 | Fecha de publicación: 21 de Noviembre de 2025

Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo.

ISSN: 2711-144