Error 19-13 es un portal que busca fortalecer la producción de crítica de arte y la formación de públicos. Se propone como un estímulo para reconocer las capacidades críticas y la libertad intelectual de estudiantes universitarios, investigadores y escritores en general. Se espera publicar ensayos, críticas, encuentros, manifiestos y textos literarios que se pregunten por las condiciones de producción y circulación de las prácticas artísticas en el circuito del arte regional de los últimos años y sus relaciones con el ámbito nacional e internacional. En este sentido, permite descentralizar la reflexión sobre arte en el país y crear un archivo en web, que aportará a la construcción histórica del arte en nuestras latitudes. Error 19-13, en definitiva, obedece a la necesidad de generar nuevos diálogos y debates, en la esfera pública, que nos permitan pensar las prácticas artísticas contemporáneas, sus interpelaciones a nuestras formas de vida y el lugar del error en los procesos de creación.
Figura 1. Lombo, N. (2015). Sin título [Fotografía]. Manizales. Fotografía cortesía de la artista
“Un artista debe mirar profundamente dentro de sí en busca de inspiración.Cuanto más profundo mire dentro de sí, más universal se vuelve. Un artista es universo.Un artista es universo.Un artista es universo.”
Marina Abramovic, Manifiesto de la vida de un artista
En ese instante, en el pueblo de Soatá en Boyacá Colombia, se mastican dátiles dulces en las calles y en casa. Helena contempla en el espejo sus rasgos fuertes, cuerpo carnoso y grueso, labios finos, ojos claros y puntuales; peina a sus hijos por orden de estatura y perfuma su cabello castaño al ritmo del sonido del taller de don Víctor: martillos, talas y herraduras. Más tarde, Doña Julia se enamora, en el mismo intervalo temporal que Doña Rosa. Doña Julia baila, teje y come chocolate, mientras sonriente mantiene sus pecas al sol; Doña Rosa pinta sus uñas con rojo pasión y prepara los mejores sancochos y tamales en la Plaza de Fusagasugá. Llega Don Carlos, el “detodero”, que dispone sus manos al oficio y a la labor, ordenando su bigote y sus canas más blancas que el óleo blanco titanio; y Don Guillermo, odontólogo, lector embravecido de inigualable olor a consultorio, menta y aguardiente. Entonces, los abuelos se casan, zurcen tejidos y enmiendan partes.
Nacen los hijos, mis padres: Gabriel, el Artesano de manos rasposas y marcadas, esencia de hongo y semillas, y Liliana la madre, calor de tierra, tez trigueña, arroz con leche y canela, cantos de dulce niña. Algún día de la nada y del todo se me pregunta ¿cuál es su relación personal con el arte? Busco si puedo responder encarnando a mis antepasadxs y sus experiencias estéticas que se heredan en lo sincrético de este cuerpo.
Puedo sentir su presencia en el gusto por la textura de las frutas,
en el tacto de los pétalos sedosos de las flores para untar el dedo de pólem,
en la necesidad de mordisquear disimuladamente trozos de madera para sentir el sabor de los árboles, en determinar y poner intuitivo detalle en lo silvestre y común,
en lo invisible,
en observar abusivamente los gestos de alguien cuando me habla,
en querer sentir los pies descalzos en el piso y las incómodas ranuras de las baldosas con musgo baboso,
en la admiración de un cadáver con algodón suave y blanco saliendo de sus ojos y nariz,
en la necesidad de tener muchas cosas chiquitas por toda la casa, en la sensación en bucle de un caballo corriendo a contra tiempo, el tiempo… tiempo… tiempo…
Mejor pienso en mi templo,
en los rituales de plantas y carne,
en cocinar y dar regalos,
en la excitación por el olor a cúrcuma, canela y metal,
en el disfrute sonoro de las cámaras análogas al obturar, de las digitales al capturar y el de las tijeras al cortar,
en la necesidad de tener siempre actividades que salvan, que distraen, que aportan o que solo se hacen por alguna extraña razón,
en mantenerme ocupada,
en oler por largo tiempo la piña, la guayaba, las hierbas frescas, mis amantes y los pinceles con trementina,
en la obsesión por tener espacio de trabajo,
en escuchar los ecos de las cosas que cambian o de lo que ya no fue,
en conversar con los objetos,
en reubicar una y otra vez, reorganizar, mover, trasladar, cambiar, acomodar,
en el alejarse y guardarse por tiempos,
en el gusto contemporáneo y básico por la escarcha y por el neón multicolor,
en el disfrute intenso con la parafina y el soplar las velas de cumpleaños,
en sentir escándalo y efervescencia por las líneas muy juntas, pero no pegadas,
en dialogar, dar vueltas, pensar que se tiene la claridad o agudeza y volver a alguna incertidumbre o al algún punto nuevo de llegada y de partida.
Para hablar de mi relación personal con el arte, tengo que explicar estos pequeños gestos como momentos de importancia que no me pertenecen solo a mí, son la materia del montaje que se pone sobre la mesa, allí se escucha el efecto recurrente de campanas de ceremonias que se traducen en símbolos.
Ahora podría decir que el arte es la oración del pasado, del presente y del futuro. Su canto es la práctica, la acción y la sincronización con lxs otrxs, con la otredad, la búsqueda obsesiva de los gustos perdidos.
Entonces la necesidad es absoluta y reclama.
El ritual es indeterminado pero presente.
Aquí parto y busco el instante de brillo en la escultura, los volúmenes que emanan distorsión, la instalación, el collage, el dibujo, el audio, la fotografía, el cuerpo…
Escarbo en las reacciones y efectos del mundo sobre mis sentidos, recuerdos y acontecimientos, y cruzo todo bajo el celo constante y repetitivo del negro…
Llámese negro al ente que relaciona desde algún estado neutro y simple, símbolo de la proximidad del espacio exterior, incrustado o gestante que se siente en mi estómago, justo en el apetito, lejano vacío, incompleto, frío, ajeno, inabarcable, exasperante, ilegible, inhabitable, impropio y detestable, pero al mismo tiempo soportable, cálido, absoluto, simple, propio, deseable y hambriento…
Entonces, pongo el mantel, las velas, los cubiertos, los pequeños platos de porcelana con hilos de pintura dorada, las copas de vidrio artesanal, los miles de corotos e invito a los comensales. El banquete lo devoramos con intuición, coincidencia, corazonada, pálpito, encuentro, tacto, modo, estado, versión, instante y la dramática ilusión de estar presente.
Figura 1. Rojas, P. & Rojas, C. (2017). Kumanday [videoinstalación]. Medellín: Salón Regional de Artistas. Cortesía de los artistas.
Leandro: Con la intención de tocar el tema de nuestra relación con la naturaleza, he decidido utilizar una cita de Michel Serres del libro El contrato natural:
“Así pues, ¡retorno a la naturaleza! Eso significa: añadir al contrato exclusivamente social el establecimiento de un contrato natural de simbiosis y de reciprocidad, en el que nuestra relación con las cosas abandonaría dominio y posesión por la escucha admirativa, la reciprocidad, la contemplación y el respeto, en el que el conocimiento ya no supondría la propiedad, ni la acción el dominio, ni estas sus resultados o condiciones estercolares. Contrato de armisticio en la guerra objetiva, contrato de simbiosis: el simbionte admite el derecho del anfitrión, mientras que el parasito —nuestro estatuto actual— condena a muerte a aquel que saquea y habita sin tomar conciencia de que en un plazo determinado él mismo se condena a desaparecer.
El parásito se apropia de todo y no da nada; el anfitrión da todo y no toma nada. El derecho de dominio y propiedad se reduce al parasitismo. Por el contrario, el derecho de simbiosis se define por la reciprocidad: el hombre debe devolver a la naturaleza tanto como recibe de ella, convertida ahora en sujeto de derecho.”
Michel Serres, El contrato Natural
Sobre este pensamiento, me pregunto ¿cómo podríamos devolver a la naturaleza eso que nuestra condición parasitaria le ha quitado?
Pedro: La propuesta de Michel Serres hace parte de un pensamiento francés, más o menos contemporáneo, que se relaciona estrechamente con las actuales corrientes ecologistas. Serres se preocupa por pensar nuestra relación con la naturaleza por medio de una metáfora jurídica e institucional. Lo que me parece que señala Serres, en El contrato natural, es una idea sencilla pero que puede parecer utópica. Consiste, básicamente, en sostener que los intereses de los humanos no tienen por qué primar sobre los de la naturaleza. Si tenemos un contrato social que nos permite —en algunos casos de forma explícita y en otros de forma implícita—convivir con los demás, con personas radicalmente distintas, ¿por qué no tener un contrato de esa índole con la naturaleza?
Este pensamiento ha sido causa de debate por distintas razones. Me parece que solucionar nuestros problemas por medio de contratos, no siempre tiene los mejores resultados. Podría mencionar distintas críticas a la corriente de la filosofía política contractualista, pero creo que basta con recordar los escándalos de corrupción que se han hecho tan familiares en nuestras instituciones judiciales y legislativas. Una relación de este tipo con la naturaleza, nos permitiría pensarla “como” un sujeto con derechos; razón por la cual, en ocasiones, se presenta la objeción que sostiene que para que un sujeto tenga derechos también debe tener deberes. Estamos muy acostumbrados a realizar contratos entre nosotros, no es fácil para los humanos tener una relación contractual con otro tipo de seres, mucho menos si consiste en dar sin esperar nada a cambio. En todo caso, quizá no baste con realizar un contrato natural, personalmente no me imagino un panorama en el cual todas nuestras formas de relacionarnos con la naturaleza se puedan “regular” o “legislar”, muchas preguntas quedan abiertas: ¿Cuáles serían las normas “correctas” que nos podrían llevar a solucionar todas las tensiones en la relación humano-naturaleza?, ¿acaso podemos suponer que nosotros, los humanos, tenemos el poder de formular una ley de esa magnitud que no sea modelada por nuestros intereses?, ¿quiénes serían los beneficiarios, el Estado, el sector privado, las comunidades que habitan territorios específicos o los ecosistemas?, ¿quiénes serían los encargados de formularla y hacerla cumplir?
No sugiero que debamos dejar de defender la naturaleza. Pienso, por ejemplo, en los animales, sería muy importante si las luchas —desde el plano jurídico— pueden evitar la tortura y aniquilación a la que los someten las industrias productoras de cárnicos. Sin embargo, no podemos dejar todo en manos de nuestros “juristas”. En Colombia, las empresas multinacionales han saqueado nuestro territorio con impunidad, no podemos olvidar que las políticas estatales avalan prácticas como el fracking, la megaminería, los monocultivos y la ganadería extensiva. En nuestro país, no solo se acaba con la diversidad, sino que se asesina a las personas que defienden su territorio. En la Constitución, existen artículos que abogan por la diversidad e integridad del “ambiente”, sin embargo, nos damos cuenta de que a pesar de que existe la “norma” no se cumple a cabalidad. En ocasiones he pensado que el mundo jurídico se emparenta con las narraciones literarias, su lenguaje está lleno de interpretaciones, ficciones y laberintos. Muchas veces hemos visto como los abogados logran encontrar la forma de justificar lo injustificable, en servicio de los intereses de las multinacionales o del propio estado.
Me parece que se nos olvida que, en términos estrictos, la inserción del humano en la naturaleza es muy problemática. Si uno considera que el humano es parte integral de la naturaleza, tendría que estar pensando en que esas relaciones no siempre van a ser relaciones simbióticas —que es el término que usa Serres— porque el humano también es un ser agresivo, el hombre parasita, en palabras de Serres. Una vez comprendo estas dificultades, me propongo explorar otras formas de pensar nuestra relación con la naturaleza. Allí es donde la estética y el accionar del artista ecologista, me parecen muy importantes. Considero que existe un camino estético, que es otro frente de batalla y que no se reduce al plano jurídico. Ahora bien, creo que cuando uno no tiene una solución a un problema, en términos políticos jurídicos o filosóficos, lo que se requiere en la vida es de creatividad, comprendiendo la creatividad como una práctica indisociable de la libertad y la imaginación. Si uno piensa que las soluciones pueden convertirse eventualmente en problemas, como pasa con la “moda” actual de quererse “reconciliar con la naturaleza”, por medio de prácticas como el turismo masivo, en el que la que la gente busca encuentros directos con la naturaleza y entonces suben a los páramos, pero al mismo tiempo abren caminos, compran propiedades y construyen parqueaderos. La estética tiene un campo de acción, paradójicamente, en un plano más concreto, menos utópico, toma distancia de las ideas mesiánicas y de las leyes abstractas. Tendríamos que revisar ese interés de querer “salvar a la naturaleza”, de posicionarla como una víctima y a nosotros como salvadores. Me parece muy poco probable que podamos “devolverle” lo que le hemos quitado.
Leandro: ¿Cuál es el papel del artista en este contexto?
Pedro: Me parece que los artistas pueden recordarnos que es posible tener una relación más creativa con la naturaleza, sin que por ello tengamos que destruirla. Pienso que el papel del artista, en el contexto de las crisis ambientales, tiene que ver con la manera en que se relaciona con la naturaleza, que no es esencialmente instrumental, sino poética. Salvo pocas excepciones en donde los artistas buscan fórmulas universales, en general se ocupan de problemas concretos que abordan desde la sensibilidad y la creatividad. Los artistas entienden con mayor facilidad lo particular, entienden que la relación que tiene con un árbol es distinta a la que tiene con otro árbol, cada hoja del árbol es distinta y nuestra manera de sentirla depende de un sin número de acontecimientos y accidentes. La creatividad, la libertad y el pensamiento particular me parecen muy importantes, ahora bien, el artista contemporáneo —quizá más que el artista moderno que es del que he estado hablando— explora rutas más directas, puede ser mucho más efectivo, porque no se preocupa tanto por la producción de objetos como de intervenir en las relaciones sociales. Creo que por un descache del arte moderno, en su amor a la libertad, llegó a crear unas obras de arte altamente solipsistas, es decir, unas obras de arte creadas para artistas, cosas que básicamente a nadie le importan y a nadie le interesan excepto al mismo artista o al mercader del arte. En ocasiones me parece que el arte moderno privilegia una forma de subjetividad elitista.
Por otro lado, el arte contemporáneo se especializó en formularnos preguntas muy claras, como ¿cuál es el papel del arte con respecto a la sociedad? o ¿cuál es la manera en que se inserta en dinámicas más amplias que las estéticas, es decir, en dinámicas éticas, políticas o incluso epistemológicas? En mi trabajo de maestría, me interesó el arte contemporáneo que se preocupa por las relaciones sociales, por el trabajo colaborativo, participativo y comunitario, especialmente si se preocupa por crear “relaciones” distintas con la naturaleza. Crear encuentros, lazos, afectos y tensiones. Me gusta pensar y ejercer desde esta perspectiva la práctica artística, me parece un cambio fundamental. El artista durante la modernidad buscó alejarse de la sociedad, no quería tener un oficio servil. El artista contemporáneo puede reinventar las maneras en que se inserta en la misma, en los campos de la cultura, de la política, del conocimiento y de la vida. En definitiva, me interesa crear y pensar en complicidad de artistas que más que buscar la “autonomía” del arte, busquen los diálogos entre saberes, los intersticios de las disciplinas. Artistas que no tienen miedo de comprometerse con el mundo de la vida, con el cuidado de los ecosistemas, con la defensa de la tierra, de este planeta enfermo, como lo llamaba Guy Debord.
Leandro: ¿Cómo podría el ser humano acostumbrado a la inmediatez, lo efímero, el espectáculo, necesitado de estímulos múltiples y acelerados, vincularse profundamente a un tema que a veces parece tan distante y que parece proponer ritmos antagónicos, como el de nuestra relación con la naturaleza?
Pedro: Yo no creo que sea problemático el hecho de que los humanos nos sepamos seres efímeros y pasajeros, no necesitamos tener vidas eternas para comprender los problemas ambientales. Cada día es más necesario comprendernos desde la perspectiva de lo efímero y de lo transitorio, porque nos permite estar conscientes de nuestra mortalidad, de nuestra fragilidad, de la manera en que estamos llegando a destruirnos. El considerarnos en constante cambio no es un factor que nos distancie de la naturaleza y mucho menos un factor que nos aleje de la capacidad de comprenderla; por el contrario, nos emparenta con ella. Cuando nos damos cuenta de que estamos constantemente siendo parte de transformaciones profundas, que somos seres en constante devenir, nos sentimos parte de la naturaleza toda. No podríamos decir que nuestras transformaciones y metamorfosis, son estados de tránsito, como si después fuésemos a llegar a un estado de “normalidad”, porque la normalidad no existe, resulta que nunca paramos de devenir, de cambiar o de mutar, ni siquiera nuestro cuerpo después de la muerte.
Los seguidores del pensamiento filosófico platónico suelen sostener que el mundo sensible, es decir, el mundo que hoy es indisociable de la naturaleza, era un mundo alejado de la verdad, la bondad y la belleza. El mundo sensible no poseía esas cualidades justo porque era efímero y por el hecho de que creían que existía algo metafísico, es decir, algo más allá de la physis, más allá de la naturaleza. Justamente pensarnos como entidades fuera del mundo sensible y del devenir, impide gran parte de la comprensión que podemos tener de la naturaleza. Pienso que es al revés: si nos entendemos como seres finitos, mutables, en constante metamorfosis en constantes hibridaciones y crisis, podemos comprender mejor la naturaleza que si nos entendemos como ángeles o almas extranaturales. Recordemos que esta creencia llega a extremos en distintas filosofías y religiones, recurriendo a actos como la extracción de los colmillos o la castración, buscando con ello tomar distancia de nuestra animalidad. En ese sentido parece ser que la comprensión de la naturaleza hace parte de una jerarquía metafísica mal planteada, en la que la naturaleza está abajo y arriba el espíritu humano, ese dualismo es sumamente problemático.
Ahora bien, la pregunta que realizas apunta en otra dirección, hace referencia a las prácticas del consumo contemporáneo, al espectáculo, la velocidad y la simulación. Como mencioné anteriormente, considero que no existe una receta o una fórmula de accionar frente a esa “distancia” que nos permita vincularnos profundamente con la naturaleza. En mis textos he intentado realizar una crítica de lo que llamo el campo estético del sistema capitalista, el cual es evidente si recordamos que el hiperconsumismo —como diría Lipovetsky— es posible gracias a todo tipo de prácticas individualistas y hedonistas. En otras palabras, no solo produce mercancías diseñadas bajo la lógica de la obsolescencia programada, sino la necesidad de consumir constantemente experiencias satisfactorias. Los mayores problemas ambientales, son problemas que están profundamente relacionados con nuestros “deseos”, con nuestro “placer”, con nuestra “sensibilidad”, pienso que es fundamental un estudio de ese lenguaje estético, para poder crear constantemente formas alternativas de pensar y sentir “placer”, formas que no conduzcan a la destrucción y devastación de la naturaleza de manera directa o indirecta.
Leandro: Uno de mis intereses particulares al considerar otras formas de relación con la naturaleza, es la pregunta por lo local; considerar miradas alternativas a las eurocentristas, partir desde nuestra condición latinoamericana y tocar temas como lo decolonial. Pensar la naturaleza desde una condición tan híbrida y tan desigual como la de Colombia es difícil y urgente. Tomemos este tema de la decolonialidad y del pensamiento latinoamericano, cuénteme cómo ello podría encausarse hacia las estéticas ambientales.
Pedro: Dentro de esta corriente de pensamiento decolonial, podríamos nombrar a algunos autores relevantes, como Enrique Dussel, Aníbal Quijano, en el pensamiento estético son interesantes los trabajos de Walter Mignolo, Boaventura de Sousa y Pedro Pablo Gómez. Quijano, por ejemplo, es fundamental para entender este pensamiento, no se ocupa todo el tiempo del arte, pero acuña un término sumamente importante que es el del buen vivir, este término es tomado del quechua Sumak kawsay y hace referencia a una visión ancestral de la vida. En ese sentido, este pensamiento no nos habla específicamente del arte, sino de la vida y de la sensibilidad. Arturo Escobar también plantea algo sumamente interesante y es el concepto de sentí-pensar. En mi experiencia personal me parecen muy reveladores los textos de Quintín Lame, quien fue un indígena colombiano, muy importante en la creación del cabildo indígena.
El arte debe repensar no solo sus formas de producción y circulación, sino que debe repensar sus periferias, se trata de cuestionar la acumulación de capital simbólico y económico en ciertas capitales o centros del arte. Cuando uno se da cuenta de que existen otras formas de distribución del poder y se puede pensar y sentir el mundo con otras miradas, aparece un campo muy interesante para la estética. Creo importante advertir el cuidado que se debe tener con las reflexiones en torno a este tema, pues se puede caer muy fácil en el error de exotizar a estas comunidades y no llegar a comprenderlas. La xenofobia y el racismo son dos problemas que trata de desmantelar el pensamiento decolonial, mucho más en relación a la práctica artística. Considero que el aporte del pensamiento decolonial a las estéticas ambientales no se reduce a la antropología y a los procesos de etnografía artística. El camino que me interesaría trasegar en mi indagación teórica y creativa es la manera en que el pensamiento decolonial, presenta un espectro diverso de formas de resistencia a la crisis ambiental, en tanto establecimiento de modos de vida alternativos. Los pueblos indígenas nos enseñan que existen otras formas de pensar el poder, otras formas de sentir, de vivir, pero —sobre todo— porque ellos hacen que nos preguntemos más por las prácticas sensibles y menos por el arte.
En lo particular creo que existe un lazo entre el pensamiento decolonial y las estéticas ambientales. Pensemos, por ejemplo, en la justicia indígena, en sus formas de democracia que no son como la nuestra, los pueblos ancestrales nos enseñan a repensar el poder, recuerdo que en una ocasión un indígena me dijo que la persona que ellos consideran autoridad es aquella que conoce mejor la naturaleza, el tema del cuidado de la tierra no utiliza la figura del contrato, siempre racional, sino que parte de la sensibilidad, de la intuición, de la experiencia. En las distribuciones de poder que se generan en distintas comunidades, se nos revelan unas serie de construcciones de mundos que parecen utópicos pero impresionantemente complejos y posibles, en los que existe una relación muy estrecha con la naturaleza, algunos siguen lo que denominan la ley de origen —me refiero a algunos cabildos indígenas en Colombia— las decisiones se toman de acuerdo a sus niveles de relación con la tierra, es decir, el que tiene más comunión con la tierra es el que tiene mayor autoridad en la comunidad; es una idea muy revolucionaria, porque eso quiere decir que la naturaleza tiene una injerencia directa en las decisiones políticas, éticas y epistemológicas. Allí se encuentra un campo importante para la investigación-creación relacionada con la estética ambiental, porque piensa menos el arte y más la sensibilidad.
*Este texto fue escrito para el primer número de la revista La expuesta de la Universidad de Quindío, se trataba de una edición dedicada a lo feo y lo siniestro que no llegó a ser publicada.
Esperar, aguardar, parar, respirar, anhelar, observar, avanzar, frenar entre tanto tacto…
Olfatear, rozar, transitar cada pliego de su piel, holgazanear en su sequedad, frotar, estirar; halar su flacidez, pasear, posar en ella; inhalar su aliento, exhalar su aire…
Caminar, bajar a través de sus nervaduras, resbalar por las raíces de su cuello; abrazar, segregar, germinar en cada una ellas, chupar, tragar su sabia, delirar con su sabor; trotar, galopar, volar hasta llegar a la cima de su encanecido monte, calzar mi desnudez con sus hilos…
Inspeccionar, palpar, tantear hasta topar con una delicada y pegajosa cueva; entrar, musitar, vibrar, hechizar, desequilibrar, escapar, tropezar, lastimar, sangrar, curar, sembrar, regar, brotar en su devastada calvicie; reanudar, vagar, saltar, contar, besar cada una de sus cortas pestañas; reposar, descansar, dormitar con sus frágiles parpados…
Despertar, mirar, acariciar, necesitar, contemplar, rascar, babosear, succionar sus adormecidos ojos; desvariar, tomar, arañar, arrancar, acabar con cada uno de su pelos, continuar, deslizar hasta arribar en la comisura de sus delgados labios; acercar, sobar, apretar, soltar, babear, mordisquear, penetrar, salivar, tragar, rivalizar, forcejear, dominar, lubricar, extirpar; mamar, gravitar, perdurar, expulsar, abismar, agotar, extenuar, resoplar satisfecha y reiterar…