ARTISTA AMATEUR SIN MIEDO A NADA: Una crónica sobre como conocí a Antonio Caro

Amateur artist without fear of anything

Por: Mateo Quintero

Maestro en Artes Plásticas  | Universidad de Caldas | mateoquintero05@gmail.com

Figura 1. Caro, A. 2016. Colombia – Malboro. 44 Salón Nacional de Artistas.

Nunca he puesto mucha atención cuando estoy enfrente de alguien famoso e importante, siempre apelo a esa idea de que todos hacen popó, eso ya los hace ser como la mitad de importantes de lo que pueden ser. Prometo que esto tendrá sentido cuando desarrolle la idea, igual no es una disculpa, así soy.

Por cosas de la vida y porque siempre he sido mejor actuando que pensando, me presenté a un programa que formaba a personas afines al arte en el marco del 44 Salón Nacional de Artistas, para que pudiéramos aspirar a ser quienes hicieran el montaje de las exposiciones. Yo, en realidad, pensé -sobretodo porque nunca pienso las cosas de manera positiva- “¡marica, eso no pasa, eso seguro es para robarse una plata!» o cualquier otra cosa que pudiera pensar mi mente revolucionada.

El día menos pensado me llamaron. Al contestar, preguntaron si era Mateo, si me había inscrito, si tenía curso de alturas, que si lo bueno, que si lo malo… y, después de solucionar un par de asuntos burocráticos, terminé detrás del telón del gran show. Digo «gran show» porque para mí, en ese momento, era la exposición de arte o evento de arte más grande en el que había estado, en la que había imaginado estar. Cuando menos pensé, ya estaba metido en un boroló muy fuerte, pero bien, nada malo. Después me di cuenta de que nos iban a pagar. Lo loco es que yo ya estuviera adentro de la producción y aún no supiera ese detalle. Dije: “ah, esto va a ser severo”, y sí, hasta una carta me hicieron para faltar a las clases de la universidad. Si esto fuera televisión la frase sería “¡mamá estoy triunfando!”.

En las clases de montaje -que suena como algo que no pasaría- nos dieron unas lecciones brutales, llenas de tips y conocimientos que solo se aprenden con tiempo haciendo ese oficio, ahí los soltaron uno tras otro. En una clase llegó Juan Fernando Herrán (hágase el favor de googlearlo), ese cucho es de los dioses del arte, pero nada, la misma ley: todos hacen popó. Preguntas de toda clase y chan con chan, aprendí y acabamos el curso, en realidad fueron varias sesiones y llevaron a diferentes personas. 

Al mes, más o menos, de acabar las clases de montaje nos llamaron para trabajar montando las obras del SNA. Cuando llegué, me pusieron a ayudar en la construcción de la obra de Gustavo Toro. Qué man tan bacano: súper formal, con un montón de cosas inteligentes en la cabeza. Y yo, que llegué con mi overol de EMAS (la empresa de aseo de la ciudad, lo compré por dos mil pesos en la galería), amarrado hasta la cintura y dejando ver un peto que había comprado en otro ropero, por menos de lo que valió el overol, con la célebre frase “A ella le gusta como yo le doy”, que yo llevaba con orgullo, para que decir que no, si, sí.

Lo divertido es que, en ese mundillo, desentonar es una actividad que es más difícil cuando se intenta ser singular, que cuando se siguen las líneas de lo que llaman normalidad.

Figura 2. Toro, G. 2016. Son las aguas las que hacen la ciudad. 44 Salón Nacional de Artistas.

Después de ayudar a Gustavo -a quién, por cierto, le quedó muy bello lo que hizo- me pusieron a trabajar (aquí es donde comienza la verdadera historia) con el grandísimo Antonio Caro. Yo sé que ya mandé la ley de que todos hacemos popó y que tales, pero ese cucho es como el Justin Bieber de las artes en Colombia, artista desde joven, irreverente, sagaz, inteligente y manda a comer mierda a cualquiera (la última no es una cualidad que admire pero al cucho le sirvió para muchas cosas). Yo no me asusté mucho. Ustedes dirán: «¡que man tan visajoso!», pero esa regla de que todos hacen popó me ha puesto enfrente de muchos que uno diría “¡QUÉ!”, en mayúscula y con muchas E, y la verdad no me intimidó.

La obra de Antonio la tenían pensada para un morro al frente del Museo de Pereira, ahí afuera de un almacén de cadena, cuyo nombre no sé, ni me importa. En ese morro, más mal tenido que cualquier cosa, pondríamos la obra de don Antonio. Lo primero que hicimos fue volear guadaña. Yo nunca había prendido una guadaña, pero a mi esas cosas me causan intriga y dije: «venga yo arranco». Los otros parecían tampoco haber manejado esa máquina así que aceptaron. Ahí estuvimos la maricadita de dos días, pelando el morrito (que resultó morrote). Cuando ya lo teníamos arreglado, todos devastados y cansados, el man que era como el semijefe (el jefe debajo del jefe, que en este caso se llama “asistente de curaduría”), nos dijo que montáramos la obra. Era un letrero de «Colombia» hecho con la imagen de Marlboro, lo habían mandado a hacer gigante. Me acordé de una obra que hice hace un tiempo, que se llama “Si es grande es arte”, una charla que quizás tengamos después, para no perder el hilo con don Antonio.

Entonces, se trataba del letrero que dice Colombia y comenzamos por los bordes, pusimos la C y la A. Ahí estábamos, dividiendo el espacio para ubicar el resto de letras. En realidad no era tan difícil poner la obra, lo difícil fue pelar el morro. Cuando de un momento a otro, se bajó un señor de un taxi, justo enfrente de donde estábamos. Medía más o menos 1,80 m, el pelo se le alcanzaba a ver como en horizontal, a unos 20 o 30 centímetros de la cabeza, entre blanco y gris. Llevaba una mochila de esas arahuacas, esas que traen de la Sierra (ojalá se la haya comprado a un indígena y no a los hijos de Uribe). Gritaba algo que no alcanzábamos a escuchar desde donde estábamos, yo pensé que estaba celebrando, pero no: el señor que gritaba era Antonio Caro. Yo nunca había escuchado gritar a Antonio Caro, en realidad nunca lo había escuchado. Estaba super ofendido, bravísimo, le salía fuego por los ojos. Ahí detuvimos toda acción: nos quedamos como congelados.

A Antonio le costó más o menos veinte minutos llegar hasta donde estábamos. Cuando llegó, no emitió ni una sola palabra: solo comenzó a quitar las letras que ya habíamos puesto y a guardar las otras. Nosotros, sin preguntar mucho, le ayudamos a quitar las letras y a guardarlas, pero ya sabíamos que algo trágico estaba pasando. No pasó nada más y así acabé ese día, sin saber ni que tenía que hacer al otro día.

Esa noche recibí dos o tres llamadas con indicaciones de ir al morro del museo al día siguiente. Parecía que algo serio estaba pasando. Cuando llegué, al otro día, Antonio estaba esperándonos ahí parado. No estaba de mal genio o por lo menos no tanto como el día anterior. Cuando el grupo de montaje estuvo completo, comenzamos a trabajar, no sin antes tomar gaseosa que había llevado Antonio, que a diferencia de lo que he escrito hasta ahora, parecía un señor bastante bueno y formal: cosas raras de la vida. Montamos las letras en más o menos cuatro horas. Lo hicimos despacio, con calma. Antonio se paró al frente del morro desde donde podía verlo completo y por el celular nos daba indicaciones: «corra esto, suba esto». Así pusimos ese letrero enorme que hacía parte del Salón Nacional y que -por la relevancia del señor Antonio Caro- era una de las piezas había que ver para decir que se había estado en el Salón.

Figura 3. Jess Ar. 2016. Fotografía Instalación Colombia – Marlboro de Antonio Caro. 44 Salón Nacional de Artistas.

Al terminar, volvimos a tomar gaseosa y comimos empanadas. Al parecer, Antonio solo estaba bravo porque habíamos arrancado sin él y respeto su posición. Esa obra se montó unos dos o tres días antes de darle apertura al Salón. El día de la inauguración, estaba en Pereira la crema de la crema del círculo artístico del país, y yo ahí, codo a codo con ellos mientras vestía mi overol. El peto no, porque se lo había cambiado a Paulo Licona (esta es otra historia que estaría muy chimba contar) por la camiseta que llevaba puesta el día que nos conocimos. Uno de los compañeros con los que monté lo de Antonio me buscó y me contó que Antonio Caro nos estaba buscando, si usted lo ve desde mi perspectiva (que es cansona e irritante) aquí el famoso soy yo ¿no? 

Antonio nos quería invitar a comer, cenar como él decía. Paréntesis, lo difícil de utilizar el verbo en pasado es que en este momento doy por hecho que Antonio Caro está muerto y que en paz descanse el señor del pelo en horizontal. Otra cosa que me gustaría anotar es que me gusta más decir paréntesis que poner el signo, y por esto: paréntesis. Antonio murió el 29 de marzo del 2021, me di cuenta por internet, nunca me ha dado mucho dolor de la muerte, en realidad les guardo un poco de envidia a los que se nos adelantan en el viaje. No hice mucho, pero si lo recordé y me sonreí, el cucho en realidad me caía muy bien. No voy a volver a decir paréntesis, pero… sigamos con la historia.

Todos aceptamos la invitación ¿Cómo no va a querer uno comer con Caro? Yo hasta me imaginé en un restaurante fino, sin el overol, obviamente. Nos dijo que si estábamos solos o que si queríamos lleváramos a la pareja. Ese Antonio era un bacán. Cuando nos encontramos con él, en el centro de la ciudad, nos dijo que ya sabía dónde íbamos a comer y emprendió el camino, caminaba rápido como con afán y cada tanto se detenía a mirar cosas como perdido u obnubilado y seguía su camino. En un momento paró frente de algo que yo podría llamar buffet y ahí nos esperó. Nosotros no alcanzamos a seguirle el paso, pero le llegamos. En la puerta nos dijo que siempre venía a ese lugar, que le encantaba. Ahí entendí que Antonio Caro también era una persona normal y mejor me cayó el señor del pelo en horizontal.

Cuando entramos lo saludaron por su nombre y eso quiere decir que era muy famoso o era cierto que siempre iba a ese lugar. Cada quien cogió su bandeja y se sirvió lo que quiso comer. Él estaba adelante de la fila, intentaba hacer recocha y mostrarnos cosas. Nos dijo que comiéramos grasita para que no nos callera mal el amarillo, yo pensé que era un simple chiste, pero no: la invitación incluía la previa de la fiesta de inauguración del Salón. En la cena -como decía Antonio- hablamos de los temas más normales de la vida, nada de arte y esas banalidades. Hizo chistes buenos y otros malos, se reía duro sin importar nada. Eso quiero hacer yo sí triunfo en el arte: reírme duro, que hijueputas.

Terminamos de comer y nos dijo: «vamos al estanco y nos vamos tomando un amarillito mientras llegamos a El Pavo». Paréntesis: El Pavo es como un cuchitril, un lugar donde la gente va a tomar y a escuchar musiquita, pero este es súper retro, súper legendario. Lleva toda la vida en el mismo lugar, siendo el mismo, y se convirtió en un centro bohemio. Tiene un aire a los 80´s que es tan bueno, tan irreal que resulta mágico y más mágico saber que íbamos con Antonio, como en un cuento de Caicedo, vagando por las calles de esa ciudad, con el amarillito -que es bien bravo-, entonados ya todos. Estábamos en un momento que se sentía fraternal, nada que ver con lo que pensaría uno que le iba a pasar con un señor así de importante en un evento así de importante. Ahí estaba yo, que si de algo puedo estar seguro es que la vida no es como uno cree que es. 

Figura 4. Cortés, C. (s.f.). Fotografía Fuente de soda El Pavo. Pereira, Risaralda.

En el pavo Antonio no se sentó ni un segundo. El man bailar, bailar no sabía, pero al parecer él tampoco sabía que no sabía y le encantaba. Bailó con todo el que pudo una tras otra. Interrumpía el baile con una copita de amarillo; muchas veces dijo: “yo vengo por aquí por el amarillito” y seguía en las suyas. Yo, que no bailo, todo huraño me quedé ahí sentado mirando la escena que ya -seguro por el amarillito y por lo feliz que estaba- veía en un tono ochentero. Que recuerdo. De los mejores que me ha dejado esta rara decisión de hacer vida en el camino artístico, que es pantanoso pero gratificante. 

No pasó mucho más. Nos tomamos dos botellas de amarillo: una en la calle y la otra en El Pavo. Bailamos -o bueno mi novia bailó con Antonio Caro- y de ahí nos fuimos para la fiesta del Salón Nacional. Era en un club de la ciudad, una fiesta muy élite, como uno se imagina que son las fiestas de esa gente del arte, nada que ver con la escena en donde estaba yo. Ahí Antonio se perdió, yo creo que saludó y se fue, o lo que sea. 

Mucho después me lo crucé en ArtBo y nos dimos una mirada de compinchería antes de un saludo que me da fuerza para decir: yo conocí a Antonio Caro, que en mi opinión era un cucho muy bacano, inteligente y jovial. Y sí, quizás tenía un genio muy difícil, pero en este mundo con tanta mierda ¿Quién no? Yo no puedo decir mucho más y no quiero hablar de por qué es importante la obra de Antonio, ni nada de eso. Creo que si usted llegó hasta acá o ya sabe de él o no le importa, y en los dos casos la cosa está bien. Siéntase usted, en la cena de esa noche, aquí usted no está leyendo del artista Antonio Caro sino del señor del pelo en horizontal. Contar esto es, para mí, un buen homenaje a Antonio Caro, donde esté las mejores: paz y gratitud. 

Notas

[1] Escribí esta historia hace 9 años en el Salón Nacional de Artistas del 2016. Traté de mantener su estilo y forma, porque me parece prudente ser respetuoso con el que era yo en esa época, no realicé muchas correcciones al texto inicial. 

Como citar:
Quintero, Mateo. (2025). Artista amateur sin miedo a nada. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo 5 (9). Disponible en: https://portal-error-1913.com/2025/10/31/artista-amateur-sin-miedo-a-nada/

Fecha de recibido: 19 de agosto de 2025 | Fecha de publicación: 31de octubre de 2025

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